VAGON DE CERCANIAS

UN VAGÓN DE CERCANÍAS

Rajoy quiere que el candidato de la lista más votada en las municipales sea alcalde y la oposición le critica que lo haga por pura conveniencia, como si la política no fuera doblar sábanas de conveniencia por los pliegues de la oportunidad. El caso es que más allá del ruido partidista a los ciudadanos la cosa les va a parecer bien porque perciben su ciudad, su barrio, su calle, su bancos e incluso sus baches pero no perciben la Agencia Estatal de Protección de Datos, por poner un ejemplo. Perdidas las ciudades-estado, su evolución nos ha traído una Europa de burócratas y eurodiputados alejados del ciudadano y del melocotón de Calanda. Solo las ciudades siguen siendo nuestras y por eso nos va a parecer bien elegir al alcalde en lugar de «configurar mayorías estables» que es como los políticos llaman a hacer confortable sus cuotas de poder para ganarse el jornal pero menos. Hacerlo a doble vuelta, como en Francia, sería lo mejor, aunque de momento no se sabe. Hay quien aboga por establecer unos porcentajes mínimos para que la victoria sea considerada victoria. Las elecciones son ya en mayo del año que viene pero la velocidad no es una magnitud física muy del gusto del Presidente. Lo suyo es más la montaña que el sprint. No tiene el pecado de la impaciencia.

Vivimos en la ciudad o en el pueblo. Para Josep Pla, Palafrugell es una gran fuente de crema catalana con amigos y bizcochos en una tarde de cumpleaños. Nuestro carácter se forja con el entorno y solo las ciudades, que se nutren de nuestra memoria tanto como nosotros de la suya, tienen alma y sentimiento trágico de la vida. La ciudad moderna se ha ido adaptando sin perder nunca su carácter y sus pasiones, y por eso las ciudades no solo se pueden analizar desde la racionalidad y la ordenanza municipal, porque tienen problemas e ilusiones, intangibles, y están hechas de cada uno de nosotros. Ahora, tras la recesión, tenemos ciudades rebeldes y ciudades melancólicas. Las rebeldes, que muestran su enfado mostrando espacios desangelados y paseantes sin rumbo, están frustradas por la quiebra de su evolución vital, por no haber alcanzado sus proyectos justo cuando parecía que todo era posible. Las ciudades melancólicas, como Zaragoza, alcanzaron buena parte de sus proyectos vitales pero contemplan sus espacios como una sucesión de calles y casas a lo largo de las calles, como un objetivo cumplido y alcanzado sin que parezcan tener nada más en el horizonte inmediato. Las ciudades rebeldes y las ciudades melancólicas darán paso a las futuras cuando además de mirar sus estatuas levantadas al pasado se saquen una licencia de actividad.

Las ciudades viejas defienden lo que son y las jóvenes defienden lo que deben ser. El Presidente quiere que las ciudades sean lo que son y que, en todo caso, en lo que deban ser haya alguien del PP con el bastón de mando. Tal vez no ha calculado que, al igual que él busca el pragmatismo de gobernar, la izquierda puede buscar gobernar el pragmatismo. El agua, el toro bravo y la política siempre buscan una salida, y la salida de la izquierda fragmentada puede estar en aliarse antes, que no después, de las elecciones. A lo mejor nos vemos en la paradoja de que sea Rajoy quien más hace por cimentar eso que los viejos comunistas como Anguita llamaron «la casa común de la izquierda». La casa ahora anda revuelta, con los padres diciéndole a los niños que no chillen, que así no hay quien se duerma una siesta en condiciones, y con los abuelos revolviendo la mesilla buscando caramelos de mentol y cerrándola bruscamente cuando salen más papeles de los ERES de la Junta. Pero al final la familia puede estar unida porque a los de la siesta, a los niños gritones y a los de los cajones de ida y vuelta siempre les motiva ir contra la derecha. En cualquier caso está bien que los ciudadanos vayamos a las urnas conociendo las alianzas con carácter previo, más que nada para saber a quien votamos cuando estamos votando.

La crisis económica y la institucional parieron el desafecto por los políticos, que se devanan los sesos para poder «acercar la política a los ciudadanos» sin entender que la cercanía de la política está en las ciudades, y que para acercar políticos a sus votantes solo hacen falta un par de sillas, una mesa y llevar la agenda en un local de barrio, cosa que sirve lo mismo para un diputado en Cortes que para un descosido. La ciudad es un vagón de cercanías que va repleto de vecinos porque nadie ha dicho que la ciudad sea perfecta, pero es ciudad y es la única que siempre nos acoge, arruinada o en fiestas de la abundancia, rebelde o melancólica, sarcástica o irónica, arrogante y esbelta. No está mal que ya que la ciudad nos marca, nosotros, entre la gratitud y la venganza, le elijamos al alcalde.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado.

Víctor M. Serrano Entío
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