SPAIN NO ES DIFFERENT, ES PEOR

SPAIN NO ES DIFFERENT, ES PEOR
Cuando allá por la primavera de 1980 Arthur B. Laffer, profesor de la Universidad de Stanford, garabateó sobre una servilleta de papel en un restaurante chino de San Francisco, entre el bol con salsa de soja y antes de separar los palillos, una curva con la que demostrarle a Jack Kemp, legendario jugador de fútbol americano y director de la campaña electoral de Ronald Reagan, que un aumento de los impuestos a partir de un determinado nivel produce en realidad una caída de la renta disponible de las familias y, por lo tanto, del empleo, tal vez no sospechaba que su teorema -acreditativo de que si hay menos puestos de trabajo se resiente la recaudación- sería el frontispicio del edificio del liberalismo durante más de treinta años. Aún hoy, muchos liberales piensan que para salir de una situación políticamente compleja lo que hay que preguntarse es: «¿Y qué hubiera hecho Reagan?».
Si abandonamos ese restaurante chino de San Francisco y nos trasladamos a cualquiera de los muchos que hoy tenemos en Zaragoza, antes de separar los palillos podremos concluir que este Gobierno ha abandonado completamente esos principios que sí siguió a rajatabla Aznar, por ejemplo. Pero si España no es Grecia (y mucho menos Alemania) Rajoy no es Aznar (y mucho menos Reagan). El problema de Rajoy y su Gobierno, el problema del Partido Popular, es que se ha traicionado a sí mismo. Y el máximo problema es que alejados de la realidad y noqueados por las circunstancias, parapetados en la pésima herencia recibida y víctimas de su propia incompetencia comunicativa, nadie en La Moncloa parece percibir el peligro de desestabilización social que se cierne sobre un Gobierno pronto acosado por la tradicional agitación de la calle -hábilmente gestionada por sindicatos heridos y otros sectores de izquierda- y que será abandonado por un electorado que se siente traicionado en sus principios y valores. La cuestión no es si en campaña se promete una u otra cosa y luego gobernando se hace lo que a uno le da la gana o no, porque desgraciadamente los votantes y la clase media española están acostumbrados a ver las promesas electorales traicionadas y lo consideran un aspecto más del juego y batalla electoral; eso, aunque molesta, no derriba Gobiernos en España. La traición es ideológica y estética. Ideológica porque para tener un Gobierno que suba impuestos hasta la asfixia con la alegre convicción y fe del converso no necesitamos un Gobierno de centro derecha. Bastaría haber mantenido en el gobierno a los socialistas, campeones del mundo de la presión fiscal, supervisados por Bruselas para restaurar techos de gasto abolidos que impedirían que un nuevo optimista patológico se gastase el jugo de nuestra exprimida economía en cosas inútiles, con esa alegría propia de quien cree que las cosas son gratis y el dinero no es de nadie. La traición es también estética porque una parte de los ciudadanos, tal vez con el plus de injusticia que conlleva toda generalización, pero con algún argumento sólido, están hartos de percibir que se ha instalado un modo de hacer política en el que se imponen los privilegios de lo que denominan “casta política” sobre el bien común. Cuando la gente lo pasa mal busca, con mayor o menor justicia, culpables. Y en el país de las dos Españas eso ha sido siempre muy peligroso. Y centrándose en el propio electorado del PP la traición es ya oceánica, con las víctomas de ETA como síntoma y lanzándose algunos de sus sectores más visibles en brazos de UPyD.
Se equivoca el Gobierno si piensa que mascullando la tal vez insalvable herencia recibida va a poder seguir ajustando cuentas a las clases medias hasta la asfixia y sostenerse hasta más allá de la Navidad próxima. Pero lo que menos se entiende es la actitud del Gobierno negándose a ser drástico contra el gasto público que más molesta a los ciudadanos: el alto coste de la política. Hay un clamor social, que los políticos en general no quieren ver, en contra de que los recortes no alcancen al sistema político instalado en el Estado central y autonómico, comarcas, diputaciones, mancomuninades, entidades locales, etc… Si Rajoy no abjurase de sus ideas con la ligereza con la que el Partido Popular se traga la nueva receta, podrían ambos hacer de la necesidad virtud y atender a ese clamor ciudadano que pide un drástico recorte de lo que nos cuestan la ingente cantidad de políticos que tenemos en España.
En plena recesión, el IRPF sube (siete puntos el tipo marginal máximo); el IVA sube (nada menos que un 25% el tipo reducido y un 17% el tipo general), los impuestos especiales suben (alcohol, tabaco e hidrocarburos); el Impuesto de Bienes Inmuebles y el recibo de la luz se disparan y entre sueldos de risa se nos pide a las clases medias que consumamos, mientras las embajadas autonómicas ondean alegres sus banderas y tenemos un Congreso más grande que  Alemania y un Senado que multiplica por 2,5 el de los Estados Unidos.
        
         Triste y peligroso devenir de España, con unos mercados que en horas veinticuatro devorarán nuevamente cualquier ajuste económico por férreo que sea porque no se fian de nosotros, un Gobierno al albur de su incapacidad política y su traición al electorado, plagado de brillantes abogados del Estado, Técnicos comerciales y Economistas del Estado y Registradores de la Propiedad cuya solvencia es en todo caso tan innegable como su absoluta falta de capacidad política, y todo ello con los ciudadanos entre desanimados (los optimistas) y cabreados (los pesimistas) y con escasas o nulas esperanzas depositadas en la oposición socialista -que en la percepción mayoritaria viene de “arruinar a este país”- y sin ninguna otra alternativa sólida en la Cámara que pueda superar el calificativo de experimento. En 1949 publicaba Laín Entralgo su “España como problema”. Hoy nos obsequiaría con algo así como “España como problema… pero gordo”.
         Víctor M. Serrano Entío.
Víctor M. Serrano Entío
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Abogado y Blogger desde enero de 2012.