SIN PUNTO Y APARTE

SIN PUNTO Y APARTE

No hay punto y aparte ni punto final, solo una sucesión de frases sin pausa, aparentemente meditadas, una conversación de bar que es un monólogo, y Pedro Sánchez no hace pausas, rezuma ansiedad como si dejando de hablar un instante fuese a perder la oportunidad de volver a hablar para siempre, y cuando no sabe ya qué decir sale una conspiración como combustible, para que siga ardiendo la hoguera, para que quien le escucha crea que la sombra conspira y él es luz; en la sombra los poderes financieros y en su ejecución un medio de comunicación, conspiraciones ya oídas aunque nunca vistas, y el candidato que ya no lo es huye hacia delante y está en un bar sin cabina de teléfonos; se metería en la cabina si existiera, tal vez para gritar su verdad por las lamas de aluminio que las cabinas tenían a los pies como respiradero, pero las cabinas de teléfono y el candidato ya no existen, por mucho que Pedro Sánchez las invoque y crea que el negocio de la Telefónica está en la venta de móviles. La conversación transcurre en el bar como el paseo de dos nostálgicos por un barrio chino sin peep-show, dos melancólicos que se cuentan historias de amores y desengaños sin que nadie le pida al secretario general depuesto nombres ni fechas concretas, y se hubiera podido decir que hablaba abstracto y obtuso, con su retahíla fría de desgracias, una conversación cuyo paseo ahonda más en la melancolía, la rabia y el orgullo de quien cree que jamás cometió un error. Un melancólico que evoca a su amante perdida y le reprocha sus culpas, que cree que fue ella la que se hizo un ramo con las flores del mal. El estratega no asume los errores en su táctica, no pone un punto y aparte, ni un punto y final, quiere que sus monstruos sean nuestros monstruos, treinta y cinco jinetes del apocalipsis en un solo índice bursátil, la sombra contra la gente, conspiración, atruenen los escaparates de ese bar y de todos los bares, salten las cristaleras de visillo y destello de tragaperras, y el candidato que relama sus heridas, que pueda masticar sus palabras y que sus odios le sean leves, y que empiece a viajar como viajante de un comercio que no tiene, y todo sin buscar un punto, ni aparte ni final.

No hay puntos ni pausas porque detrás de cada punto habría que poner un error del candidato, como querer ser y confundirse en el adversario, ser débil con quien le maltrataba, ningunear a los que pastoreaban sus tierras, confundir el punto y aparte de un país posible con el punto y final de un país imposible; y sí, habría que poner un error aritmético del candidato detrás de cada punto y aparte, y un fracaso en cada debate por televisión, y habría que escribir que solo sumaba sumando con Rufián, que es restar, y que él mismo se cerró todas las puertas y que cuando los suyos le exigieron su punto y final se atrincheró sin la épica de una trinchera o la estrategia de todo paréntesis, pero Pedro con la mandíbula aún tensa, con la daga de la conspiración a la espalda de sus pupilas, quiere seguir hablando en los bares, y tal vez no se da cuenta de que pasó su tiempo si es que alguna vez fue dueño, y que con su melancolía aún barnizada de odios tras las ventanas del bar nos da su perfil de pasado ya remoto, sin un presente en el que sea consciente de lo que ha sido, sin ser consciente del legado que ha representado, y por eso Pedro Sánchez aún no pone el punto y final, y por eso este artículo no es la leñera de un árbol caído.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado

Víctor M. Serrano Entío
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Abogado y Blogger desde enero de 2012.

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