PLAZA DE SAN FRANCISCO

PLAZA DE SAN FRANCISCO

La plaza de San Francisco abre un paréntesis en la ciudad para que pasen los tranvías por su centro, transiten los erasmus por la derecha y los niños tengan a su izquierda columpios con olor a suelo neumático y con color de tubo para hámster enjaulado. Es una plaza universitaria, tabernaria, adulta e infantil, una plaza que se disfruta pese a que el aéreo es el único tráfico que le falta. Es una plaza simultánea, uno de los pocos pulsos de vida que le quedan a la ciudad sin que medie un gerente de gran almacén o un programa de fondo municipal, provincial o europeo. Un lector le contó el miércoles al director de este periódico que la Plaza de San Francisco está sucia.

Hay, según parece, telarañas en los porches, que es lo peor que la municipalidad puede tener en un porche si no quiere que le retraten la metáfora en una carta a este nuestro director. La plaza de San Francisco, única plaza cierta, simultánea y zaragozana que nos queda, tuvo tiempos mejores, según parece. La carta le ha salido al lector rotunda y breve, rematada por abajo cuando recuerda que hubo un tiempo, siendo alcalde Pepe Atarés, en que la plaza estuvo limpia. Tal vez lo que pasa es que el único defecto de esa plaza (en la que crecí, pierdan cualquier esperanza de objetividad) es precisamente que no haya el más mínimo recuerdo a que el vecino que más la quiso, Pepe Atarés, fue alcalde de esta ciudad y también quien mejor la cuidó. En realidad ese alcalde cuidó bien de casi todo.

Sin los lectores, las metáforas y los muertos habría que cerrar el articulismo, que es esta forma de escribir siempre en corto y más de la cuenta. La plaza es una metáfora de la ciudad, un síntoma de su tiempo, un porche rocoso de techos altos y curas dominicos a un lado con salesianos al otro. En la plaza perseguían los grises a los universitarios y en los ochenta, los nacionales aporreaban imitadores del cojo manteca que se refugiaban en el sagrado de la Universidad. La plaza vivió los maceteros de hormigón verdes que hubo que poner en las aceras del alcalde para que la ETA no le volara los sesos, y yo me enteré de la derrota de ETA varios años después de que la dieran por la tele, cuando una grúa se llevó los enormes maceteros verdes anti-bomba y una maldita enfermedad se llevó a Pepe.

El simultaneísmo de Zaragoza, con sus bicicletas y tranvías, sus coches repostando, su gastronomía diversa o dispersa, su sequedad agosteña y sus húmedas riveras (esas que puso al lado del rio Belloch, porque antes de Juan Alberto el río era un río subterráneo que solo sacábamos para tener a los de Chunta movilizados), está todo condensado en esa Plaza en la que nos lanzábamos globos de agua y nos gustaba hacer rabiar a las de COU. San Francisco tiene en sus riveras la vida de Zaragoza, y en su centro una estación de metro sin enterrar, una estación de tren sin jefe y un aeropuerto sin aviones. Con sus telas de araña arriba y sus coleccionistas debajo, con Fernando el Católico de piedra por todo lo que le ha tocado ver, no cambiamos la plaza de San Francisco por la de Trafalgar, por aquello de que por mucho que suba a lo alto el hormigón jamás un pirata venido a más podrá alcanzar la altura de un rey. Sin ánimo de caer en comparaciones ni en cosmopolitismos, que según Valle-Inclán es la rama turística de la literatura y no conduce a ninguna parte.

La municipalidad debe quitar las telarañas de la plaza por aquello de limpiar la metáfora de la ciudad más que por matar al bicho peludo y patudo. Como el verano permite a los articulistas hacer la literatura que el resto del año no cabe, otro día hablamos de la importancia de la higiene en las ciudades. Hoy solo teníamos un golpe de estado en Cataluña y un Rey cargado de paciencia que ni abofetea a los políticos ni nada, así que tenía un hueco para lo que de hoy verdad importa, la plaza y la metáfora.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado.

Víctor M. Serrano Entío
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