¿PERO QUÉ PASA CON LAS ÉLITES?

¿QUÉ PASA CON LAS ELITES?

Las élites nunca se suicidan. Basta leer El Gatopardo para comprenderlo. Es más, las élites luchan siempre contra su muerte y, en cierto modo, consiguen empatar porque aunque la muerte les vence –como a todos- en su resistencia personal e individual, las élites suelen vencer socialmente, y como mucho se disfrazan o se transforman, pero nunca mueren. Los hombres no son felices y mueren, nos dijo Albert Camus, escritor del pesimismo que nunca atisbó con certeza la muerte de la burguesía. En España, de un tiempo a esta parte, las élites no han sido un ejemplo. Hemos visto estos días listados completos de tarjetas quemadas en Hermés o Vuitton, cortes de pelo de casi trescientos euros, que ya es cortar pelo. Los votantes de Pablo Iglesias les rasurarían la barba gratis. La cosa no ayuda nada cuando ahora en lo que estamos es en hacer creíble la regeneración. Probablemente por debajo de las élites tampoco seamos ejemplo de nada, pero bien por falta de oportunidades para el delito o bien por una bondad intrínseca a la sencillez en la que, por supuesto, no creo, por debajo de las élites se respira un ambiente un poco menos viciado, algo más cuerdo, porque hay algo de locura en gastarse tres mil euros en una licorería por mucho que se tuviera un pasaporte con banda magnética hacia el gratis total, aquel concepto que acuñó Solchaga viajando en barco. La comparación, única herramienta verdaderamente útil para comprar neveras y elegir cargos públicos, guió al propio Lampedusa, que no era escritor, para escribir El Gatopardo, novela de obligada lectura para entender estas cosas italianizantes de hoy en día, desde las tarjetas fantasma hasta los sindicalistas de mina de carbón adorando el patrón oro. Lampedusa tuvo un primo poeta, Lucio Piccolo, que fue, por comparación, su estímulo: «Con la certeza matemática de no ser más tonto que mi primo, me senté ante mi mesa y escribí una novela», dejó escrito en una carta. Entender Italia y sus castas sociales en el XIX: El Gatopardo es hoy una Guía para viajar por España.

Hay ilusos que esperan al suicidio de determinadas minorías rectoras en beneficio del país, y que ponen como ejemplo de harakiri a las Cortes Franquistas porque nadie les ha dicho que, en realidad, las Cortes franquistas no se suicidaron, se diluyeron por si las moscas, que es distinto. La corrupción no va ligada a la política sino al poder. El problema no solo de la élite política sino de todas aquellas que tienen vínculos directos o indirectos con el poder es que, en muchos casos, o habitaban altas cumbres o no eran nada, no había peldaños intermedios en su escala social, no podían dejarlo y volver al refugio de una vida anterior que les llevara a un futuro parecido. El país está cambiando, la sospecha se ha instalado en la sociedad, y sólo los octogenarios conservan cierta fascinación adolescente por la clase dirigente. De la buena voluntad por regenerar la vida pública, que no es la única que necesita regenerarse, nacen propuestas parlamentarias. Se aprueben las que se aprueben todas serán ineficaces mientras alguien pueda nacer, crecer, reproducirse y morir en un cargo público sin someterse al escrutinio directo de la sociedad que rige. El poder corrompe, decíamos. La corrupción dió poder, sospechamos.

Todo lo que no pase por instaurar la democracia interna en los partidos políticos actuará como parche, pero no tendrá trascendencia definitiva. Si las bases eligieran a los candidatos de los partidos y estos supieran que no pueden permanecer más de ocho años, sin bailes de cargos ni puertas giratorias, los electores sabríamos a quien elegimos, los elegidos sabrían que no podrían vivir eternamente de nuestra confianza ciega en un logotipo, y de esas certezas se aligeraría el poder de los partidos en beneficio del poder individual de electores y elegidos. Todo lo demás queda bien pero no será definitivo.

Mientras tanto siempre hay un político al que culpar justa o injustamente. La sociedad expía sus culpas y desprecia a los políticos de manera insospechada hace cinco o seis años. El desafecto se nota en el ambiente, en la calle, en el bar. Los parlamentos buscan límites, como los griegos de la antigüedad. Pero nadie menciona la ética de Sócrates, un intento por limitar la conciencia caótica del hombre.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado.

Víctor M. Serrano Entío
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