PAELLA DE CHORIZO

PAELLA DE CHORIZO

Jamie Oliver es un cocinero inglés, lo cual es una contradicción en sus propios términos. El caso es que el gastrónomo anglosajón le ha echado chorizo a la paella. Hierven, junto al arroz, las redes sociales de España y Casa Antonio. Le hemos montado el Motín del Té a los ingleses porque los españoles podemos renunciar a Gibraltar, decir que Isabel La Católica se lavaba poco o sacar el 12 de octubre a esos chicos con estudios pagados por Madrid y facturas abonadas por Caracas, que nos dirán que Colón fue un exterminador. Pero chorizo en la paella, no. Hasta ahí podíamos llegar. Destrocemos a nuestros héroes pero no permitamos que lo haga un inglés con cara de niño. Todos los ingleses tienen cara de niño hasta que un día, al despertar, amanecen con cara de anciano. Londres, donde reina Oliver, es esa ciudad en la que la gastronomía la aportan los japoneses, que hacen unas píldoras de arroz tan insustanciales que hasta los ingleses las entienden. La paella es el plato que mejor nos da el punto de lo que somos como nación: un metódico y trabajado plan de ingredientes que da como resultado un caos de cosas revueltas con mucha sustancia.

La gran paella española nos la trajeron el Rey emérito y Suárez porque la paella es un plato circular y simultáneo en el que la gamba acaba siendo arroz y el arroz sabe a mejillón. En uno de esos largos domingos de paella vemos la evolución histórica de España, con las gambas de Suárez, los langostinos de González, el bogavante de Aznar y la vuelta a los mejillones de Zapatero, que es en lo que estamos aunque Rajoy se empeñe en que nos llegará para carabineros si forma gobierno.

La gran paella de España estaba a falta de un ingrediente para ser la gran metáfora de España, el chorizo. Se le ha ocurrido a un inglés pese a que los cocineros de aquí tenían más a mano las musas, los ERES, la Gürtel y otras chistorras. Los ingleses nos demuestran que se puede hacer un Imperio sin gastronomía pero no se puede hacer una gastronomía sin imperio. El gran éxito de la cocina española es que un señor llamado Ferran Adrià cogió tierra, agua, fuego y aire, así como otras filosofías presocráticas, para servirnos el alma de los garbanzos, que es en realidad la gran comida española. De la tembladera del viejo Rembrandt nació el impresionismo, del tormento de Goya y su deconstrucción de Velázquez nacieron todas las vanguardias pictóricas, y de la cocina de Adrià surgió una portada de revista norteamericana, un escaparate internacional de España.

No hay mejor marca España que la cocina. Por eso perdonamos a Adrià, aunque se fuera y nos dejara el país lleno de imitadores, espumas insípidas y caldos que van al plato por la espalda y en jarrita blanca de loza, sobre la marcha, como si el minúsculo trozo de atún rojo necesitase un baño. La cocina es el Trafalgar que aún podemos ganar los españoles y los franceses a la Historia, nuestra realidad más exportable como economía mundial y nuestra mejor aliada en el desarrollo agroalimentario y exportador de España. La gran revolución económica de los últimos años, en los que hemos tenido que volver al huerto y a la granja porque los europeos no nos compraban coches ni lavadoras, ha sido la transformación tecnológica del sector agroalimentario. Jamie Oliver es el ataque exterior que nos viene bien para unirnos en los símbolos, ahora que viene el doce de octubre y con él el día no laborable en el conjunto de autonomías que integran el Estado español, o sea, lo que los franceses vendrían a llamar el Día Nacional de España.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado.

Víctor M. Serrano Entío
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