NÚÑEZ FEIJÓO

NÚÑEZ FEIJÓO

Este año en Galicia escasean los días de lluvia. Los veraneantes que vamos a Galicia a revivir la vida que no se ahogó en el mar del invierno aprovechamos esos pocos días de lluvia para ir a Santiago. Debe ser un antiguo código celta: si llueve, a Santiago. Como si el abrazo al Santo actuara de papel secante. En esas estamos Natalia, los niños y yo, y en un restaurante aparece Alberto Núñez Feijoo. Natalia, decidida y espontánea siempre, inicia una conversación con él en la que reconocemos a un tipo simpático que conoce Aragón bastante mejor que la media peninsular. En la pared del fondo hay una vieja fotografía aérea de no mucho más de diez kilómetros de costa gallega. En esa artesanía de holas y olas estamos con el presidente cuando nos muestra su dominio de Galicia y, mirando a esa foto, que podría ser la foto de cualquier costa gallega del mundo, nos cuenta qué es, desde dónde está hecha y que al fondo a la derecha hay ahora una bodega muy pequeña de albariño. Lleva Galicia en las venas y no lo puede evitar.

La gran transformación de Galicia, que se debe fundamentalmente a los años de Manuel Fraga, nos ha dejado una tierra más abierta y en sincronía con su tiempo. Hace unos cuantos años Fraga descubrió que el progreso turístico, industrial y social era lo único que podía frenar al independentismo gallego, pujante por aquel entonces. Si en algún sitio del mundo puede triunfar el independentismo, si hay en la Tierra un lugar perfecto para extraer del terruño, el helecho y la vaca toda una corriente ultranacionalista, una melancolía separatista, ese es Galicia. El independentismo sin hierbas no es nada, como demuestran Quebec, Escocia o el País Vasco. En el País Vasco hubo un proceso independentista hasta este lunes en el que de manera despiadada el Lehendakari, que es del PNV, ha dicho que la independencia ya no tiene razón de ser en estos tiempos de locos y globalizaciones. Con tal de mantener el cupo vasco van a terminar por perdonarnos hasta el baile “agarrao”.

Vuelvo a Alberto Núñez Feijoo que está a cuarenta y ocho horas de ser a su pesar la referencia de futuro inmediato en la derecha española. Si tiene mayoría absoluta y repite en la Xunta tendrá más peso, autoridad y liderazgo, y si no la tiene tendrá más tiempo para pensar en Madrid. Con más o menos autoridad un político se puede ir apañando. Pero gozando de tiempo libre un político es indestructible. Si uno analiza el lado mediocre de la política verá que se ha fraguado con lustros y lustros de mediocres con mucho tiempo libre. Así las cosas, porque gane y mande o porque pierda y tenga tiempo, la figura de Núñez Feijoo es la única que de verdad puede verse en la nebulosa de un horizonte sin Rajoy. Pablo Casado no tiene ni bagaje ni años y otros liderazgos tienen demasiados años y demasiado bagaje. Si acaso, Cristina Cifuentes, pero carece de la consistencia del gallego.

Si Rajoy no llega y se va, Alberto Núñez Feijoo, tal vez a su pesar, es el único que puede liderar a la derecha o casi. Ajeno a la gestión del PP nacional durante todos estos años, crítico con Rajoy desde la discreción absoluta, nítidamente claro en sus declaraciones contra la corrupción en el PP, ha marcado distancias en políticas concretas. En materia social firmó un acuerdo pionero con los bancos para evitar los desahucios y luchó en Madrid porque el Gobierno diera la cara y pusiera dinero para paliar la gran estafa de las preferentes. Presume de que él ya tiene cumplida la ley de emergencia social que propone En Marea. A partir del domingo seguirá siendo el presidente o se volverá a su casa. No se si una vez en su casa un político así podría resistirse a ensartar días y vivencias para soñar una bodega muy pequeña de albariño en La Moncloa, costa de arbustos de piedra y perros que ladran a ministros.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado

Víctor M. Serrano Entío
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