NUESTRO DECANO RAMÍREZ

NUESTRO DECANO RAMÍREZ

Manuel Ramírez ha sido y será para todos los juristas que pasamos por la Facultad de Derecho de Zaragoza, el Decano. Le conocí como alumno en mis entretenimientos de la política universitaria, y pronto se ganó mi admiración y respeto. Aprendíamos con él dentro y fuera de clase. Mi amistad con Manuel me ha acompañado siempre. Nuestras conversaciones, ya solo telefónicas en los últimos años, empezaban por lo personal y giraban siempre hacía su preocupación por la Universidad y por España. Con el tiempo, su ironía dejó paso al sarcasmo. Había mucho espíritu unamuniano en él y le dolía la decadencia de las cosas que amaba. “La Universidad es hoy una academia”, “la política se ha llenado de mediocres”, me decía. Escuchar y leer a Manolo (él seguía llamándome Entío y yo ya le llamaba Manolo, como para subvertir el orden constitucional) debería ser tarea de obligado cumplimiento para reconducir a los políticos. Sobretodo para los que se refieren a sus votantes como “la gente decente de este país” en contraposición a sus indecentes disidentes.

Una mañana de febrero del 96 me llamó a la Delegación de Alumnos. “Entío, ven a mi despacho”. Sentado en su sillón articulado, ese en el que jamás dejaba de moverse, esta vez, muy quieto, con la cara desencajada, me dijo: “Han asesinado a Paco Tomás y Valiente en su despacho”. Hacía unos días que habíamos comido en Zaragoza con él. Tomás y Valiente, como Manuel Broseta o Ernest Lluch, pertenecieron a la generosa generación de nuestros padres, como Ramírez, y supieron enarbolar un patriotismo intelectual e interior basado en la razón y en el compromiso cívico. Un patriotismo sin banderas y al servicio de nuestra democracia.

En la política actual se han perdido dos de los referentes fundamentales que conformaron las ideas de quien ha sido uno de los intelectuales más importantes del siglo XX en la ciencia política española: la reconciliación y el consenso. Manolo, siempre crítico, nos dejó escrito que el uso perverso del pasado -o su olvido- es una de las causas por las que se ha perdido el espíritu del consenso. Fue el primero en advertirnos sobre las perversiones de la partitocracia y la desaparición de la participación directa. Le dolía la pérdida de valores democráticos, de lo que culpaba, entre otras cosas, a la inexistente formación en estas lides del sistema educativo en secundaria. No ocultaba su desprecio por la política actual y por sus asfixiantes estructuras de poder por el poder, los partidos. La dictadura de los partidos políticos nacida de las listas cerradas.

La Facultad de Ramírez era un conglomerado de distintas ideologías que Manuel domesticaba y gestionaba escuchando y respetando. Con todos calmados por el “efecto Decano”, hacía casi siempre lo que le daba la gana. Hubiera sido un gran político, pero él, taurino, de Don José Miguel Arroyo Delgado “Joselito”, como Dios manda, siempre prefirió formar toreros y torear de salón.

Con su andar lento y acompasado, casi marcial, subrayaba su altura física e intelectual. Manuel, aunque nació en Ceuta, tenía mucho de dandi granadino. Le gustaba que le llamaran profesor Ramírez y le hacía mucha gracia la ultra corrección política, de la que huía en público y en privado. Hay muchas cosas de él que jamás olvidaré, como su impuntualidad proverbial -“Entío, la puntualidad es la virtud de los ociosos”-, sus lecciones sobre el regeneracionismo o la II República y el por qué de su estrepitoso fracaso, su casa, forrada de libros desde el suelo hasta el techo, pasillos incluidos. En vano, en cada conversación telefónica me preguntaba, como en un ritual de despedida, cuándo le iba a devolver una biografía de Paul Preston sobre Franco, anotada y manuscrita por él, que me regaló un buen día. “¿Entío, aquel libro que me hurtaste hace veinte años, piensas devolvérmelo?”. Algún día, Manolo, algún día. Descansa en paz.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado.

Víctor M. Serrano Entío
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