NOSTALGIA. LO QUE TUVIMOS Y NO TENEMOS

LO QUE TUVIMOS Y NO TENEMOS
España está de luto de sí misma. Más allá del reconocimiento público al presidente Suárez, había nostalgia en cada lágrima derramada y en cada gesto ciudadano. Su velatorio, su funeral era el acto de entrega del certificado de defunción de buena parte de nuestras estructuras políticas e institucionales. Somos más conscientes de que hubo una manera noble de hacer política que no volverá. Estos días nos hemos despedido, tal vez para siempre, de la altura de miras en los asuntos públicos, de la grandeza de la política, que se nos ha ido muriendo entre los brazos sin dramatismo pero sin piedad.
Se da la paradoja de que cuando, en torno a un café, uno conversa con alguna de las élites intelectuales, culturales, económicas o empresariales -clases dirigentes de nuestra inerte sociedad civil-, el hartazgo que expresan es aún mayor que el que expresa el resto del país.  Hay verdadero hastío por la clase política y por unas instituciones que no funcionan porque son mero instrumento de intereses partidistas. Es la pescadilla que se muerde la cola y nos socarra las pestañas, como en aquel chiste de Eugenio en el que la cocinera acude al hospital con quemaduras de primer grado en la cara porque su suegra le había dicho que las pescadillas se fríen cogiéndoles la cola con la boca. El cansancio de la sociedad por la política es profundo y no es consecuencia exclusiva de la crisis económica. No habrá más confianza ciega. La desconfianza por la política es ya irreversible y nos lleva a la italianización definitiva de un país que ya está en fase de aprendizaje para aprender a vivir de espaldas a sus instituciones. Seremos italianos.
En lo que va de los leones del Congreso a la Catedral de Ávila, España es un país que se desangra entre la nostalgia y la inercia. Nostalgias hay varias. Una Jefatura del Estado que en su día supo afrontar los grandes retos que tenía la nación con decisión y valentía, trabajando de manera activa, sin interferir en la toma de decisiones derivadas de la gobernación del país y del papel ideológico e institucional de los partidos políticos, pero cogiendo al toro por los cuernos en lo ateniente a la defensa del Estado. Gobiernos que tomaban decisiones arriesgadas. El presidente del gobierno no es un zahorí de encuestas electorales, ni un mandado. Mucho menos un mudo. Debe hablar, opinar, involucrar al país, introducir debates políticos para que la ciudadanía los viva. Tomar partido. La obligación de un presidente es ponerse en pie con decisión y dignidad frente a los empujones de quienes de una manera u otra pretenden la desintegración del Estado. Para hacer frente al golpismo hay que ponerse de pie. El silencio está muy bien para ver un partido de tenis. Para jugarlo hay que correr tras cada pelota.
Nuestra nostalgia surge del dolor por un Poder Judicial en manos de los partidos políticos, a la judicatura sin márgenes de independencia, a la oposición aferrada al tactismo por si recibe la herencia sin ni siquiera tener una idea definida del Estado que quiere para 2015. Tenemos nostalgia por las ideologías; denostadas por muchos a finales del siglo XX, y que hoy se mostrarían eficaces en un marco intelectual que definiese los objetivos de la nación y de su sociedad, canal vertebrador para que los ciudadanos participaran e influyeran en los asuntos públicos.
Medio Congreso de los diputados no escribiría dos folios sobre el liberalismo, el conservadurismo, la socialdemocracia o el comunismo. Al otro medio le basta con aprenderse qué color de camiseta llevan los de la algarada semanal y violenta. El celebrado fin de las ideologías nos trajo esta política de brocha gorda, bronca macarra, vacío intelectual, tactismo y rentabilidad que ponen en primer orden de discusión pública cosas que los ciudadanos percibimos lejanas o menores.
La foto de esta semana de luto oficial no es la de El Rey y Suárez de paseo por los jardines sino la de la nostalgia por volver a un sitio que sabemos que está perdido para siempre. Descansen en paz la concordia, el pacto, el interés común, la prudencia. Pensábamos que el patriotismo y el respeto institucional estaban de parranda y estaban muertos. Nostalgia es querer volver cuando no hay a dónde.
Víctor M. Serrano Entío. Abogado
Víctor M. Serrano Entío
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