NAPOLEÓN ZAR DE RUSIA, DE ALBACETE Y CATALÁN

NAPOLEÓN ZAR DE RUSIA, DE ALBACETE Y CATALÁN.
Ser no es sentirse: Napoleón se sentía Zar de todas las Rusias y no lo fue. Mi vecino el del psiquiátrico se sentía Napoleón y tampoco. Cuando un señor de Albacete que no ha alcanzando el ecuador de su vida -en términos estadísticos- dice que se siente español y catalán a partes iguales porque lleva una docena de años jugando al fútbol en Cataluña, algo falla, además de su espesa cabeza, mucho más huraña que sus maravillosos pies. Uno puede ser de Albacete y sentirse alemán, pero por cojones que el tío es español y más español aún si donde lleva “trabajando” una docena de años es en Barcelona. Por mucho que le des vueltas eres español Andrés, lo siento. Yo comprendo que ser español tiene lo suyo pero la queja queda mal si viene de ti, que eres multimillonario y de Albacete.
Elevo a categoría la anécdota de Andrés Iniesta, rostro pálido de pies infinitos, porque es espécimen típico del “sentimiento catalán”: me siento catalán aunque haya nacido donde a mis padres les diera en gana porque trabajo aquí y me echan de comer. Y si no como aún mejor es por culpa de andaluces, extremeños y gente vaga e indolente de esa… Eso sí, al igual que Andrés, translúcido e insípido, no renuncio a la pasta que me da el opresor español. No conozco a ningún trabajador brasileño, colombiano, argentino o alemán que por trabajar en Madrid se sienta madrileño o español a partes iguales. Ese “a partes iguales” que quiere transmitir Andrés, el de no hay dos sin tres, es precisamente lo que harta a la mayoría de los ciudadanos españoles; porque está muy claro: el corazón y los besos para Cataluña pero la pasta se le pide a España y las quejas al buzón de “Madrit”.
Tal vez por eso, porque precisamente los catalanes han sido desde Franco hasta nuestros días los ciudadanos mejor tratados de España, y tal vez porque nunca el Estado central ha tratado de proceder a una distribución de los recursos justa para el conjunto de España que no obligase a extremeños, andaluces o aragoneses a irse a trabajar a Barcelona, la mayoría de los ciudadanos están hartos de tanta impostura histórica y sobretodo de tanta fanfarronería. Hoy, de cada dos aragoneses que se marchan, uno lo hace a Cataluña. Repito: hoy.
Realmente, lo que se trasluce de cierta animadversión y hartazgo de la mayoría de la opinión pública hacia el nacionalismo plasta que arraiga en Cataluña, hartazgo tan dañino como inevitable, es esa sensación de que son unos niños ricos y consentidos los que se ponen en plan paternalista y cateto, privilegiados contra quienes tienen que acudir a su tierra para trabajar.
La razón por la que sociológicamente se puede establecer de manera clara y meridiana que el nacionalismo extremo catalán cae aún peor que el vasco estriba en la sensación que el resto de España tiene de que nos están tomando el pelo. Y por eso es frecuente el argumento de “si quieren independencia que pidan la de verdad”, porque la sensación es que Cataluña quiere vivir su emancipación e independencia exactamente igual que todos los siglos que lleva viviendo en casa de España: con privilegios.
“El nacionalismo catalán nunca ha matado ni utilizado el terrorismo” esgrimen como argumento y queja de la incomprensión del resto de los españoles frente a un nacionalismo vasco más “tolerado”. No es cierto, pero aún siéndolo, la razón de la antipatía es esa, los vemos como privilegiados protestones malcriados a los que sólo les interesa la “pela” y lo demás se la ídem. Y por eso nunca nadie ha dejado de consumir productos vascos y sin embargo ya se prepara una nueva campaña navideña de boicot a productos catalanes.  El nacionalismo catalán es un nacionalismo burgués  y pijo que atonta al resto y por eso, y por falaz, cae mal. Del mismo modo que aún desde la discrepancia ideológica adoramos a los verdaderos comunistas y nos repugnan los izquierdistas de salón y papel de periódico que hacen un ERE después de ingresar 14 millones de euros anuales, nos cae muy mal el nacionalismo catalán: por falaz, injusto, antipático, racista, fascista y pijo. 
 
Víctor M. Serrano Entío.
Víctor M. Serrano Entío
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