LOS PISOS DE CANFRANC

LOS PISOS DE CANFRANC

La estación de Canfranc como tótem de todos nuestros fetiches. El Gobierno de Aragón presenta un proyecto para convertir una de las barras de nuestra bandera, la vía del Canfranc, en ciento treinta viviendas de lujo. Un nuevo plan para Canfranc, valle sin sol, frente de guerras pasadas y presentes, oros nazis y otros wolframios de valor. Canfranc es territorio de novela y de tratado histórico a partes iguales, que como toda aduana actúa como límite y como puerta, con una estación que alguien puso ahí como decorado de discursos oficiales y para que Ramón J. Campo nos lo contase todo de la estación espía, como cuenta las cosas él, con la deliciosa sencillez de quien lleva a la literatura en las venas y sabe abrir melones históricos con precisión quirúrgica. Ramón sabe sacar la lírica de toda bandera nazi en un andén francés y de toda hacha ensangrentada y almacenada como prueba en el rincón de un juzgado de instrucción.

Canfranc, una de esas cosas que tenemos en Aragón para deleite de esas teorías de la vida como ciclo continuo, de retorno siempre a los brazos de nuestra madre o de nuestras madres, vuelve a tener un plan y lo celebramos como se celebran las cosas esperadas, sin ilusión ni entusiasmo pero con buena voluntad. Como cuando el tío soltero y anciano de la familia nos dice que tiene un plan surgido del último crucero y de inmediato recordamos, casi mecánicamente, como la lista de los reyes godos, todos los amores de crucero que desde sus cuarenta y tres hasta sus actuales ochenta y dos años no llegaron a buen puerto. Lo novedoso de este plan, que por lo urbanístico y vertebrador resulta interesante, es que un gobierno de izquierdas, con un consejero de La Chunta, que es como los aragoneses llamamos a Cha, nos propone viviendas de lujo. La izquierda se puede permitir lujos que la derecha jamás acometería por el que dirán, y que solo Esperanza Aguirre, única persona de derechas que queda en España, se atrevía a proponer en otros tiempos en forma de casinos mastodónticos y horteras para desesperación de una izquierda libertina que ni fuma ni bebe ni juega al black jack.

El nuevo plan urbanístico para Canfranc tiene de novedoso lo que tiene de prueba de que en la necesidad, más que en la virtud, nuestra izquierda saca los números. Trece hectáreas de vías, setenta y cinco por ciento de proyecto autofinanciable, veinticinco por ciento, por lo tanto, que veremos de dónde sale la pasta, treinta y cinco millones de euros en total por poner, ciento treinta pisos de lujo. Se queja la oposición de especulación y pelotazo, y en esto también vemos el mundo al revés. Lo explica muy bien el Consejero: hacer trescientos pisos sería pelotazo y especulación pero hacer ciento treinta es vertebración del territorio. Si alguien no está de acuerdo con el argumento siempre podrá, con una regla de tres simple, sacar un porcentaje de especulación y pelotazo a deducir del de vertebración y progreso progresista.

Más allá de nuestros fetiches y más allá de mentalidades de vía estrecha, Canfranc, su estación, nuestra estación, tiene un plan que puede merecer la pena. Sin embargo, habrá que acudir a las verdaderas necesidades e infraestructuras de todo el Valle del Aragón para que finalmente podamos ver si el plan es además viable. Las viviendas de lujo tal vez podrían no tener tanto tirón como se discurre y piensa desde el Pignatelli porque el valle tiene una serie de carencias que convendría tratar globalmente, no reduciendo los problemas de todo el valle a la utilidad y belleza de una estación que hasta la fecha ha sido tan bella como ajada e inútil. El urbanismo, que es mucho más que arquitectura, define nuestro carácter, configura nuestra ecología, nos delimita geográficamente y ha de ir ligada a nuestra historia e incluso a nuestra lengua. Sería conveniente que lo que se haga en Canfranc, si la autoridad lo permite y el mercado no lo impide, cuente con el concurso y el consenso necesarios y, sobretodo, que rehusemos hacer política de frentes en una tierra donde detrás de casi cualquier piedra tenemos la tentación de buscar confrontaciones políticas. Es así como hemos dejado pasar unos cuantos trenes, algunos de oro, otros de wolframio.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado.

Víctor M. Serrano Entío
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