LO NORMAL

LO NORMAL

Si compramos la mercancía gubernamental y sus previsiones caminamos hacia la normalidad. Y si la normalidad llega, por primera vez en más de diez años la Presidencia del Gobierno estará en conjunción planetaria con el país. Rajoy no es mediático ni fotogénico. No juega con la telegenia ni el marketing. No vende. No conecta. Tampoco es un narcisista que vea el mundo por encima del hombro de los demás. Se aísla más por timidez que por egocentrismo. Se enfrenta con los problemas desde el pragmatismo y con cierta indefinición. No juega con el paso del tiempo pero lo  negocia. Carece de inclinación a procurarse una buena imagen. No le gusta jugar con la prensa ni comparecer. Su urticaria mediática es una rémora para su Gobierno. Viéndole frente a un periodista uno cree en la combustión espontánea y teme que el Presidente se haga cenizas como aquel paisano de Gila al que los amigos colgaron de los cables de la luz. No esconde secretos cuadernos azules de serpenteantes anillas. Es previsible y aburrido. Habla en gallego cuando usa el castellano y no hace brillantes discursos teóricos alejados del suelo sobre las olas y el mar. No es el mesías. No identifica a la nación con su persona, si acaso con su proyecto, pero no cree que él sea España ni que en la legión crítica haya locos antipatriotas. Pese a esa manía a veces de hablar de sí mismo en tercera persona como los futbolistas argentinos al final del partido, no se desprende ningún exceso de confianza en sus capacidades, no piensa arreglar la galaxia, bastante tiene con Burgos. Sabe que rendirá cuentas solo y exclusivamente ante los ciudadanos, en unas urnas, alejado de eso gobernantes que solo se confiesan ante Dios o ante la historia como si Dios estuviera dispuesto a embaularse los presupuestos generales del Estado y la Historia no tuviese mejor cosa que hacer que las notas de prensa del consejo de ministros. De su exasperante previsibilidad y de su prudencia surge la tranquilidad del personaje frente a los problemas. No hará experimentos políticos ni habrá resultados imprevisibles.

Rajoy es un tipo normal que aburre como los tipos normales. Ni siquiera se molesta en dar una noticia, algo con lo que ganar complicidad con la prensa. Hasta las chicas de la calle de la Montera saben que sin llamar la atención no hay atención a la que llamar. El tipo normal que nos gobierna (si se me admite lo de “normal” pese a que el Washington Post hace más de cuatro décadas que recomendó no abusar del adjetivo porque no hay muchos parámetros que nos definan qué es normal), no tiene síndromes acuciantes de aislamiento o pérdida de contacto con la realidad. Aún no hay síndrome de La Moncloa. Sigue a lo suyo, en el día a día, en  la distancia corta, en las cuentas.

Ese carácter, extenuante para sus partidarios, agotador para sus colaboradores y caricaturizado por sus enemigos es el carácter del Presidente del Gobierno, un carácter que le va a venir bien al país ante el desafío de los separatistas catalanes que pretenden consumar un golpe al Estado sin salpicarse la camisa negra. A Rajoy, sin hacer mucho ruido, no le temblará el pulso a la hora de imponer la legalidad vigente en Cataluña. No es un hombre seguro de sí mismo ni impone el ejercicio del poder por encima de cualquier lógica. Por eso, llega virgen en cuanto a excentricidades al gran problema secesionista en Cataluña, y cuando ejerza la autoridad e imponga el poder coercitivo del Estado los ciudadanos percibirán que el uso de los mecanismos legales y constitucionales contra la sedición y el caos, tienen lógica y son normales. El hombre al que le llega la obligación no buscada de tener que ejercer el poder desde la base, o sea desde el principio de autoridad, cuenta en su haber con la ventaja de que no ha cometido más actos ilógicos que el de seguir manteniendo la subida de impuestos. Su autoridad, además, se verá reforzada por el consenso alcanzado con el Partido Socialista tras su regreso a la cordura y a la normalidad en Cataluña después de un agotador y eficaz trabajo de Pérez Rubalcaba. También Rubalcaba es un tipo normal. Normalidad, bendita normalidad en un país en el que nos estábamos acostumbrando a que lo normal es lo anormal.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado.

Víctor M. Serrano Entío
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