LAS VISITADORAS

DON TANCREDO Y LAS VISITADORAS

Cuarenta y tres años de actividad terrorista y ochocientos veintinueve muertos. La mayor banda criminal de la Europa del siglo XX y XXI. Su arsenal es incalculable. Pero ya han comenzado el desarme, dicen algunos periódicos. Verificando verificando el recuento es como sigue: tres pistolas y un fusil; dos granadas de cuando reinaba Carolo. Unos paquetes marrones que bien pudieran ser un hermético con bacalao al pil pil. Verificadores a punto de explotar. No por causas exógenas, porque la mesa del desarme tiene mucho menos peligro que cualquiera de esos miuras que lidia Rafaelillo.  La mesa del desarme de ETA es solo un poquito más peligrosa que esas mesitas de camping en el que las niñas venden las pulseras que ellas mismas hacen en la playa. La mesa tiene un poquito más de criminal que la mesilla de noche de Barbie, pero un poquito. A punto de explotar sólo los verificadores y de satisfacción. Sin duda pasaron por la sidrería antes del desarme. Uno no puede verificar nada después de meterse una tortilla de bacalao de cuatro huevos. Eso si es explosivo. En la foto del desarme, lo más explosivo sin duda: la barriga de vividor de los visitadores. No consta que las pistolas (tres) estén inutilizadas. Ni las granadas del XIX. Lo único inutilizado en la foto es un cartel. El cartel es pequeño y azul y luce el símbolo asesino. Un símbolo y un cartel como de conferenciante visitador médico venido a menos en unos laboratorios al borde de la quiebra. Un cartel que no han desactivado ni los etarras ni los vividores, perdón, «verificadores». Un cartel absurdo y criminal desarticulado, desvencijado y desarmado por la Policía, la Guardia Civil y la sangre de los mejores de nuestra democracia: las víctimas de estos asesinos. Ochocientos veintinueve verificadores de que no podemos tragar con el desarme de la Señorita Pepis ahora que hemos ganado. Que nos recuerdan que cada gota de su sangre, cada lágrima de sus mujeres, cada sollozo de sus hombres, cada beso no dado a sus hijos es el precio más alto que hemos tenido que dar por la democracia y el Estado de Derecho.

Los «verificadores», con su jeta de notarios de mercadillo y sus panzas rezumando cocochas por el ombligo, parecen salidos de un chiste de Gila. Si viviera el genio de la camisa roja saldría corriendo a por un teléfono:
-están los verificadores? Que se pongan.
-¿os habéis asegurado de que las tres pistolas son las que quedan de matar a casi novecientos? Ahh, que no, que estabais dándole a la cococha. Vaaale,vaaale vaaaale…
-¿y los paquetes marrones eran explosivos? Ah que no habéis mirado…
-oye y ¿dónde habéis estudiado para verificadores? Porque con lo mal que os abrocha el abrigo no se debe vivir mal. Ah, que no habéis estudiado. ¿Y no hubiera sido mejor que lo verificara la Guardia Civil? Ah, claro que igual miran.

El caso es que habrá quien compre la mercancía como desarme. Es más, por mucho que le pongamos adjetivos, el mero hecho de que hablemos de esto ya es una batalla perdida con esta gentuza. Su desarme es como su arrepentimiento, una infamia. Sus capuchas siguen activas y nada como su voluntad queda al descubierto con esas caras cubiertas. El papel que le entregan a los verificadores de la nada no localiza sus zulos, ni sus arsenales, ni las piras funerarias de todo lo empleado para matarnos. Una mierda de papel, vamos. Pero da igual, porque con todo, sabemos que no nos siguen matando porque no pueden, sabemos que su único arrepentimiento es el de no habernos matado a más, sabemos que sin el sacrificio y valor de las fuerzas y cuerpos de la seguridad del Estado de Derecho seguirían asesinando y secuestrando. Su desarme moral se ganó hace décadas. El armamentístico se lo pueden meter por donde les quepa hasta que no se arrepientan y pidan perdón a las víctimas y a la democracia. Y con todo mi cariño hacia los verificadores de la nada, las visitadoras de Don Pantaleón y el club de la comedia, aquí quienes nos deben verificar qué es admisible y que es inadmisible no son uds. Ni el Gobierno ni los políticos. Aquí el listón moral contra el terrorismo lo tenemos mucho más alto que nadie y nuestro esfuerzo es mayor que el del exhausto botón que trata de contener su panza dentro del abrigo. No aceptaremos nada ni tragaremos con nada que nos vuelva a hacer llorar por las niñas de la casa Cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado.

Víctor M. Serrano Entío
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