LA CIUDAD Y OTROS ESCENARIOS

LA CIUDAD Y OTROS ESCENARIOS

Pese a que las economías ya no veranean como antes, en agosto la capa humana que tapa la ciudad se alza y la descubre casi desnuda. Las calles de Zaragoza se hacen más de cemento, las fachadas más de ladrillo y el hormigón cimenta el calor de la ciudad. La zona azul es una pista de despegue, el aeropuerto una zona azul y las avenidas ganan personalidad deshumanizándose, pierden su municipalidad y dejan de ser una división administrativa y una coartada para subir el IBI, que es ese impuesto al que nuestros abuelos llaman “la contribución” cuando salen “a tomar la fresca” a las cinco de la tarde en un banco soleado cualquiera, en el parque del huerto del Frisón de La Cartuja, por ejemplo. Desnuda y quemada por el sol, con las catedrales vigilando desde su plaza como socorristas en sus torres de salvamento y con La Romareda acotando la zona en la que jugar a la petanca, al voley o a la multipropiedad, Zaragoza en agosto es un arenal sin playa, un océano sin olas, una ciudad incompleta pero viva, como huérfana de padre. La ciudad de los climas infinitos, donde cualquier fenómeno meteorológico es posible, deja atrás un invierno de norias circulares que nos recuerdan que en Zaragoza todo se repite como en una inercia intemporal pero cíclica y continua. Es una prolongación infinita de sí misma, una prolongación sin horizonte, siempre prometida y aplazada, como la de Tenor Fleta.

El calor resquebraja el asfalto como la Cámara las cuentas, y la crisis quiere demostrar que aún respira exhibiendo persianas cerradas y comedores escolares abiertos en agosto. Mantiene a los farmacéuticos precavidos. No queda rastro de los años de ladrillo e hipoteca, de abrigos de piel y playas pagadas a plazos. Años en los que pervivían en natural armonía la operación asfalto y la operación bikini. El agua que cae del aire acondicionado de los autobuses dibuja ríos en miniatura sobre las grietas del asfalto y lagos en sus baches homogéneos, socavones que parecen diseñados por una consultora de ingeniera destructiva tras adjudicación mediante concurso. Los coches se hacen más pequeños en agosto y, sin tanta gente con tanta prisa, hasta el tranvía se hace más liviano, tanto que la oposición da descanso al cronómetro y a la calculadora y se rumorea que Jerónimo Blasco se toma unas horas de vacaciones.

En cada esquina donde debería haber alguien vendiendo algo se visualiza una ausencia y se adivina la ciudad preparándose para un nuevo curso, uniformada y con zapatos nuevos. Un curso con elecciones en el horizonte que nos dirán hacia donde transita Zaragoza. Si el PP logrará acercarse a los doce concejales que podrían permitirle gobernar desde la paradoja de perder para ganar después de que ganó para perder. Si en el PSOE se presenta el Alcalde o se presenta Carlos Pérez. Si Podemos saca los cuatro concejales que ya les da alguna encuesta tan restringida como fiable, sin cocina ni baños alicatados hasta el techo. Si IU se mantiene sola o en compañía de otros y si CHA pese a contar con Juan Martín, uno de los mejores concejales que ha dado la municipalidad, se queda bajo mínimos, lo que demostraría que en la política y en el póker el trabajo no siempre viene con recompensa.

Dice Juan Alberto Belloch que se dio cuenta de que los equipamientos de Zaragoza eran de los mejores en España, y que la cosa empezaba a irse de las manos, cuando empezaron a pedirle piscinas climatizadas. Si no hubieran llegado los años del rechinar de dientes y óxido de bolsillo, al alcalde le pedimos unas Termas Suburbanas como las de Pompeya, con sus pinturas triangulares y todo. La ciudad que Teresa Perales nos llena de medallas mira hacia el futuro y se prepara ya para otros tiempos que deben ser mejores. Desde la fundación de César Augusto hasta la Fundación 2032, Zaragoza sabe hacer de la necesidad virtud y amoldarse a los tiempos, como demuestran la Guerra de Independencia y los comedores escolares. Deberíamos quererte pero tan solo te amamos.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado.

Víctor M. Serrano Entío
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