NO HAY COLOR

NO HAY COLOR

​Los perros van con abogado y los médicos de astronauta. Hubo un tiempo en que el protocolo era ajustarse la pajarita del smoking pero ahora el protocolo es saber quitarse los látex; ahí también vemos la decadencia de esta década. Las crisis de gobierno solo llegan si saltan las alarmas en el paseo de Sagasta y se pone de vuelta y media a una Ministra de derechas en el Paseo de la Constitución. Nadie entiende lo del ébola, así que todo el mundo opina. La igualdad ha llegado a la opinión y al pensamiento, hasta unos límites en los que un “tuit” de Ada Colau sobre la aniquilación que nos viene (el comunismo y el fascismo siempre con sus apocalipsis cotidianos) tiene más seguimiento que el de un Premio Nobel en epidemiología. La Historia está llena de pestes que llegan tras una crisis. “Propongo poner el perro (sic) en observación y sacrificar a la ministra. No hay color», ha escrito –o copiado y pegado- todo un académico de la lengua.

​No hay que insistir ni perder el tiempo cuando no hay nada que hacer, cuando algo obedece a una mecánica atávica y esencial. La exhibición pública de nuestra mala leche está en nuestro carácter, nos ha llevado a conquistar el mundo para subastarlo en guerras perdidas y traiciones ganadas, tanto monta, y nos hace ser uno de los principales exportadores de bilis a nivel mundial. Ha tenido que llegar la revolución tecnológica para tejernos las redes, un envase perfecto para el rencor y la ira impunes, una metralleta que dispara odios a diestro y siniestro, un acorazado impermeable a opiniones ajenas. Las redes sociales son neutras, inocentes, pero la gente no acude a ellas para buscar opinión y sacar conclusiones, por ese orden, sino para largar lo primero que le sale del hígado tras un desahogo.

​En ese proceloso río de bilis que nos lleva tiene que navegar la Ministra Mato. Vale que no parezca la más lista de la clase, pero le han dado más palos que a una estera por contarnos las cosas conforme se las iban contando, que es lo que una Ministra tiene que hacer en estos casos, mantenernos avisados. Menos mal que Teresa, que enferma y encamada mantiene la misma honestidad que le hizo elegir una profesión que nos cuida aunque no siempre nos lo merezcamos, ya nos ha contado lo que pasó, y se descarta que fuera la Ministra la que le rozara la cara con un guante. Por cierto, Teresa, recupérate pronto. Tu golpe de mala suerte nos ha puesto como sociedad frente al espejo.

​En España hace tiempo que quedó derogada la responsabilidad individual, así que era políticamente incorrecto decir que remotamente cabía la posibilidad de que el contagio viniera por un mal día en el trabajo, por no ejecutar con tino un protocolo que muy probablemente Teresa conocía. Hay que atizarle a la Ministra y querer más al perro, aunque aún no se sepa si ha habido algún tipo de negligencia achacable a la gestión de la Administración sanitaria como tal o a la relajación en los protocolos de salud. Eso da igual, porque cuando el oportunismo y la bilis se entremezclan con cierto desafecto por el género humano uno siempre acaba abrazando a un perro con tal de no abrazar a un misionero, a una auxiliar de enfermería o a una ministra.

​ Siempre hay un político que llevar al desolladero. Sigue el aquelarre. Llamas que no cesan en una hoguera de ira colectiva alimentada por frustraciones individuales. “A-se-si-nos” le gritaron los “animalistas” a los funcionarios que fueron a buscar al perro para su sacrificio, en cumplimiento de todos los protocolos sanitarios internacionales. Siempre hay un tufo racista y elitista en ese “animalismo” que defiende a ultranza la humanización del perro, del tigre y del toro porque son bellos pero que no baja a las cloacas para liberar a las ratas de su vida de peste y oscuridad; ni a las granjas de pollos. Que no cunda el pánico, porque también hay mucho más de cien madrileños que juran ser Napoleón. A lo mejor la gran negligencia del Ministerio de Sanidad es no fomentar y desarrollar programas más extensos de salud mental entre la población. Estos días se han visto perros jugando al póquer, como en un cuadro de Cassius Marcellus Coolidge.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado.

Víctor M. Serrano Entío
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