EL ÚLTIMO QUE SALGA

EL ÚLTIMO QUE SALGA

En todos los países en los que a lo largo de su Historia se ha instaurado una dictadura llega un momento en el que el último en salir tiene que apagar la luz. La Venezuela Bolivariana de Chávez heredada por el conductor de autobús Maduro, de quien Félix de Azua diría que no tiene capacidades para dirigir un país, es el último ejemplo. Nicolás Maduro, con la sutileza propia heredada del viejo comunismo soviético, ha tenido una genial idea para ahorrar electricidad: los viernes se echa la persiana. Los viernes no se trabaja. Así no se gasta luz. Los viernes festivos por decreto. Muerto el perro. El paraíso bolivariano existe y sus fines de semana tienen tres días. El capitalismo y el imperialismo se resisten en caer. Leopoldo López, con su dignidad intacta, espera en pie a que el pueblo le abra su celda. Pero han caído los viernes. Por fin es jueves, se dirá ahora en Venezuela.

En el ejercicio de sus responsabilidades como Ministro de Industria y Director del Banco Central, Ernesto Guevara, el que pone su cara en las camisetas del “Ché”, cumplió con su sueño: instaurar en Cuba el modelo soviético. Desconocía los más elementales principios sobre economía y arruinó por completo al Banco Central cubano. Sin embargo, el ejemplo del Che, nos sirve para ver la evolución de las dictaduras comunistas en América latina, porque Ernesto, siguiendo los ejemplos de la URSS y China instauró “los domingos de trabajo voluntario”. Sobra decir que una dictadura comunista entiende por voluntario el derecho a decidir entre trabajar el domingo o acudir como interno a un campo de trabajo correctivo, como el que él mismo inventó en la provincia de Guanaha. Habrá que reconocer que de trabajar en domingo a vacacionar en viernes, todo por decreto, y sin ni siquiera pasar por las 35 horas semanales, hay un salto cualitativo.

A las dictaduras comunistas y a sus históricos batacazos les ocurre lo que nos contaban “Faemino y Cansado” con respecto a los deportistas olímpicos españoles: la sempiterna mala suerte. Nicolás Maduro ya ha etiquetado su “mala suerte” y se llama El Niño. Nada que ver con Fernando Torres, cuya mala suerte es mucho más mundana y afecta a todo aquel que intente jugar con once contra el Barcelona. No. La mala suerte rotulada como “El Niño” por la propaganda bolivariana es una sequía cósmica, de límites hasta ahora desconocidos, que asola Venezuela hasta dejarla sin energía. Esto de la pertinaz sequía, un invento muy franquista, por otra parte, y que demuestra hasta que punto las dictaduras siempre tratan de achicar balones a tejados ajenos, es un mantra exculpatorio totalmente ineficaz. Los venezolanos saben que su país, quinto exportador de petróleo mundial, primero en acumulación de depósitos, lleva años sufriendo carencias energéticas, sobretodo eléctricas, y que el problema no es de divina providencia sino de la contrastada ruina a la que arrastra la aplicación de un modelo trasnochado y corrupto.

Entre 2.008 y 2.009 muchas empresas españolas se dedicaron a exportar grupos electrógenos que convierten el petróleo en electricidad. Eran los primeros años de la recesión en España y vieron en este negocio un nicho de mercado. Nicho de mercado es eso que en las democracias es sinónimo de oportunidad y en Venezuela, tal cual suena. En los años de Hugo Chávez y Maduro cada vez que ha surgido un nicho de mercado en la economía venezolana, la corrupción lo ha convertido en un nicho a secas. Las empresas españolas (algunas aragonesas) comenzaron a paliar los problemas de electricidad en industrias, comercios y comunidades de propietarios. Llevaron generadores de electricidad de todas las dimensiones posibles a la tierra en la que el petróleo es más barato que el agua. Pero llegó un momento en el que los aledaños del poder bolivariano vieron el negocio y obligaban a estas empresas a llenarles el cazo. Las empresas se marcharon. Maduro, acorralado por su pueblo, es ya el señalado por la divina providencia para apagar la luz de ese engendro teórico estrepitosamente fracasado. La sempiterna mala suerte, Nicolás.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado.

Víctor M. Serrano Entío
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