EL SELFIE NACIONAL

EL SELFIE NACIONAL

​El pequeño Nicolás tiene detrás a todo un país, animando. Lo primero que habría que hacer con el chico, si queremos impartir justicia en los tribunales, es hacerle justicia con los adjetivos, porque Nicolás es grande se mire por donde se mire. Grande según el DNI y grande como para hacerle un pasodoble. Grande como para media docena de chirigotas en Cádiz. Nicolás es marca España, como un pista de aterrizaje virgen o la familia Pujol que nace, crece, se reproduce y los imputan, y así. Nicolás se ha hecho mil “selfies” con los más altos dignatarios –altos magisterios y dignidad unidos en una palabra de otros tiempos- y nos ha retratado España; Nicolás es un selfie de sí mismo, un selfie del poder encadenado y abrazado. Un poder que se abraza a cualquiera porque ya nada distingue entre algo y alguien. Ser algo es ya ser alguien. Nicolás es un selfie con la endogamia, el personaje que nació conseguidor porque algún político nacido político permitió el parto.

​Justo ahora que Pablo Iglesias le monta un mitin a su ombligo para anunciarnos que quiere asaltar el cielo, para pánico de octogenarios, regocijo de herejes y estado de alerta generalizado en el país, salta la historia de Nicolás, antisistema del sistema; cómo se echa de menos a Berlanga, aunque ya no haga falta pagar pólvora de cacería porque las puertas no las abren los cartuchos sino los flashes. El selfie es el fetiche supremo de una sociedad inmadura que cree que lo único que merece la pena es ser famoso, aunque solo sea por ósmosis con la cara del famoso de al lado. La escopeta nacional es Nicolás y los “nicolases” cuyo único mérito conocido es colocarse en la foto adecuada bajo el flash correcto. Quien le iba a decir a Alfonso Guerra, ese visionario, que sí, que es verdad, que al final todo se reduce a no moverse para salir en la foto. La vulgarización de la ética política, que comenzó Felipe González poniendo el listón de la decencia en la última hoja del último Tomo de un expediente judicial, nos parece ahora alta política. El jaque al Sistema no llega por la coleta de Pablo Iglesias, de selfies con su ombligo en Vistalegre, ni siquiera por el discurso soviético y las formas estalinistas de Monedero, que se quiere presentar a la alcaldía de Madrid porque de Madrid no ha entendido nada. Para la gobernación y sus aledaños es más peligrosa una foto en pelotas que la revolución bolivariana y el caso Nicolás es exactamente eso, una foto en bolas de cierta, que no toda, clase dirigente.

​Manuel Fraga y Pío Cabanillas se bañaban en bolas en Cambados cuando llegó un autobús de colegio de monjas a la misma cala. Fraga salió despavorido del mar, tapándose las partes pudendas; Pío Cabanillas le siguió de lejos, gritando: «¡La cara, Manolo, tápate la cara!». Hay algo de autobús que llega inoportuno en Nicolás, pero ha tenido que venir a ponernos en alerta máxima un niño pijo de Madrid, con sus pulseritas patrias y su canesú; con su mirada entre angelical y cautivadora, como corresponde a todo buen embaucador. Lo peor de todo es que a las más altas esferas del país no les extrañe que un chico sin historia pueda estar de asesor al más alto nivel porque con ello se demuestra que hay costumbre.

​Nicolás está en el escenario, es escenario, es un sindicalista andaluz trincando la pasta de los cursos de formación, ese otro que nos pregunta cómo queremos la factura, el que fusila el proyecto de la reforma de una vivienda que le encarga a un constructor serio para hacerse la obra a medias con su cuñado, que está de baja. Nicolás podría haber construido aeropuertos sin aviones, ser tesorero en Génova, haber presupuestado para una UTE en PLAZA, montar una farmacia en Teruel, presidir un consejo regulador, plagiar y tener sillón fijo en la Academia, presidir la CEOE, quebrar una empresa y despatrimonializarla para no pagar a sus acreedores, conceder talleres de ITV, dirigir el Palau o ser alcalde en Mallén o en tantos y tantos municipios. En todo delito hay un criterio de oportunidad y desgraciadamente en España ha habido un tiempo en el que toda ella ha sido tierra de oportunidades. Pablo se frota las manos y Monedero se ve en Cibeles. Dicen que si Venezuela financia a Podemos, pero con certeza hoy sólo sabemos que la campaña se la están llevando por el buen camino algunos de los más pijos de Madrid.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado

Víctor M. Serrano Entío
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