EL SACRIFICIO DEL NACIONALISMO CATALÁN

ESPÍRITU DE SACRIFICIO
            Oriol Junqueras transitaba por la política catalana de puntillas, hablando bajito, como bailando la danza del velo. Se había granjeado una inmerecida fama de moderado como si entre el fanatismo de la tribu independentista de ERC abundasen rasgos de moderación. La semana pasada se fue a Bruselas y cayeron al asfalto de la Grand Place los siete velos que encorsetaban su bien nutrida cintura. Cayeron con la contundencia con la que caen los calcots  a la teja de un asador de Valls. Su ocurrencia fue amenazar con destruir la economía española paralizando durante una semana la economía catalana. No ha tenido gran éxito de crítica y público.
            El líder de la Esquerra no hizo amigos en Europa pero nos clarificó mucho la situación, a tenor de cómo han reaccionado el resto de los independentista catalanes. Le han sacudido en el DNI legal y en el otro, en ese de la nación catalana que se hacen a sí mismos como cuando los niños hacíamos tarjetas acreditativas de ser miembros del Comando G con cartulina y plastidecor. Oriol Junqueras aún no se ha enterado de que el nacionalismo catalán no está dispuesto a hacer ningún tipo de sacrificio para obtener la independencia, sino que bien al contrario quiere una independencia subvencionada, consentida y malcriada. La identidad está en la diferencia, la diferencia está en el privilegio y no en el sacrificio; en el agravio comparativo con el resto de autonomías españolas y no en la lealtad a una causa cueste lo que cueste. Junqueras tiene razón aunque le pueda el ansia viva: ninguna revolución empieza retirando la herencia de papá de Suiza. El independentismo catalán tiene el culo muy gordo, no se mueve más allá de una cadeneta por aquí y un mosaico a lo Corea del Norte en el Nou Camp por allá.  Sigan uds. a su líder carismático y arriesguen algo. Dispongan de sus haciendas, sacrifiquen sus bien acomodados traseros. Construir una nación nueva no es montar la casa de Barbie. Decenas de países autodeterminados en el mundo se reirían de Junqueras en sus barbas como alguien les cuente que el derecho de autodeterminación de Cataluña se lucha bajo la premisa de no bajar una semana ni las persianas de las mercerías. Sabíamos que Mas no es Garibaldi, pero hasta su viaje a Bruselas no sabíamos que Junqueras, que tiene el perfil zootécnico de un bon vivant de catorce pagas al año más comisiones, era el único entre los suyos dispuesto a cerrar una semana el Corte Inglés de la Plaza de Cataluña. Junqueras tampoco es Juana de Arco porque ahora calla tras el revolcón.
            Debió sospecharlo, se venía venir: lo cómodo en Cataluña es precisamente apuntarse al negocio de la independencia: rotular en catalán para que no te multen, poner pa amb tomaquet en la carta de los restaurantes y no pedir en voz alta la escolarización de tu hijo en castellano porque -además de que no te la dan- el niño queda marcado. Oriol Junqueras creyó que todos los que le votaban o se ponían la etiqueta  independentista lo hacían por un amor pasional y, por lo tanto, irracional por su país pero ha descubierto en sus propias carnes que como mucho es sólo sexo. El hombre que susurra a los periodistas de los medios públicos catalanes llamó al caos, pero la quimera de la independencia catalana está sentada en un cómodo sofá de piel de potro.
            No hay síntomas de sacrificio, renuncia, vuelta a un origen en el que la vida no es fácil. Y eso que nadie cuenta en cataluña que le tocaría pagar toda la deuda pública y privada catalana. Renunciar a la Unión Europea por seis o siete generaciones, competir en el mercado en desigualdad por los aranceles, renunciar a las ayudas europeas, estar fuera de los organismos internacionales por décadas. Que les tocaría crear una moneda no competitiva, sustentar en solitario el sistema sanitario. Renunciar a todas las cotizaciones sociales de las generaciones hoy en activo en Cataluña. Renunciar tres o cuatro generaciones a sus pensiones de jubilación. Sufrir desbandada poblacional y empresarial. Y una vez que Cataluña estuviera de nuevo en la casilla de salida ¿cuántos años tardaría en tener los mismos niveles de bienestar que tiene ahora?. El empobrecimiento de España y Cataluña sería evidente. Pero la casilla de salida sería muy distinta. Los independentistas hablan y no callan sobre el paraíso que sería la Cataluña del futuro pero ni ellos mismos están dispuestos a tragarse el entreacto. Quieren hacer la tortilla sin romper los huevos. Una cosa es cerrar la plaza de toros, hacer cadenetas y tocar las pelotas y otra bien distinta es el sacrificio.
            Víctor M. Serrano Entío. Abogado.
Víctor M. Serrano Entío
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