EL PARÉNTESIS

EL PARÉNTESIS

La calle renace de entre los negocios que fueron mal y los nuevos locales sacan una alfombra a la acera, un manto aterciopelado con olor a petróleo que anuncia un renacer recortado con el cúter. En los comerciantes de la mañana, como en los políticos del periódico y en los parientes que visitan a operados de una hernia se ha instalado el paréntesis de la calle, el paréntesis de la ciudad, que puede ser nuestra ciudad, que puede ser Madrid, con su realismo postergado en oficinas y conservado en los cuadros de Antonio López, o cualquier otra ciudad de este gran paréntesis peninsular. El antiguo vacío de las calles de la crisis ha dado paso a un rumor de carga y descarga en libertad vigilada, a un pulso sin latido. Estamos en la recuperación deslavazada, en una obra en el primero de sus tres actos a la que conviene que nos llevemos el bocadillo no sea cosa que luego no nos llegue con lo suelto para el ambigú. Terminada la ruina, la ciudad ya no es termómetro sino paraíso artificial y tópico en la que cualquier nuevo negocio se convierte en síntoma y cualquier nuevo auxiliar administrativo en éxito para las cifras del empleo. La ciudad es el paraíso inventado e invisible que nos queda a los que no tenemos un paraíso como Dios manda, o sea, un Panamá o un Andorra con familiares difuntos y voluntad de testar. Nuestra ciudad imaginaria va dejando atrás la desnudez que le dejó nuestra pobreza de ricos y vuelve al crepúsculo de los gases del asfalto y a los parking del centro con cartel rojo-ocupado.

Las ciudades y sus políticos, sus empresarios y sus repoblaciones forestales están entre paréntesis. Es un paréntesis con vocación de acotar sus cosas por los lados para que percibamos nítida a la izquierda, difusa a la derecha y el vacío existencial y cambiante del centro, como corresponde a las ideologías, pero que como paréntesis se mira para adentro entre engreído e impotente, feliz de servir como continente sin apenas contenido. El paréntesis que vivimos aún no ha descubierto su inutilidad porque le faltan otras elecciones para descubrir que -como corresponde a su ser paréntesis- no tiene ni suelo ni techo. Deja escapar por arriba todo lo que no se le ha caído ya por abajo. La nación, que ya no es una nación de naciones porque eso no hay paraíso fiscal que lo sostenga, ha dado paso a una federación española de municipios y provincias. Se abre de paréntesis los lunes por la mañana, cuando se barren los restos del último botellón en el parque y cierra paréntesis con el botellín en el bar de los domingos.

El paréntesis como parálisis está desde ayer en la portada del New York Times, un diario de avisos muy influyente en los mercados que compara nuestro lío con el que tuvieron los belgas. Los norteamericanos, el rato que se nos hacen europeos, se permiten comparar la complejidad y el desorden natural e histórico de nuestro viñedo con el orden gris, aburrido y administrativo que requiere toda porción en una tableta de chocolate. Ni Hemingway, que nos intentó retratar los claroscuros sacando la clarividencia del vino de Rioja y la oscuridad de la difícil digestión de estofado en el Café Iruña, acabó por entendernos del todo. España no es ese país de los belgas, como se deduce de que los nacionalistas catalanes nos deseen una Bélgica peninsular con el mismo entusiasmo con el que nos desean una eliminación en la Eurocopa.

El turnismo en el gran orden mundial, que en España ha sido siempre el turnismo en el gran orden del Ministerio de Economía, está entre paréntesis, incluso en ciudades de turnismos asimétricos, con un pedazo de paseo a Sagasta y una modesta calle a Cánovas. El arbolado, los toros, las torres del agua, los campos de futbol, el autobús, los comercios, las riadas, los bordillos, los mercados, la financiación autonómica y los badenes de los talleres, están entre paréntesis. Convendría ir cerrándonos de paréntesis o vendrá quien nos meta a traición una esponja para que se nos coagule la hemorragia.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado.

Víctor M. Serrano Entío
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