EL GASTROINTESTINAL: ODIADOR OFICIAL

EL ODIADOR OFICIAL

El día del Pilar, mientras centenares de miles de aragoneses –y no solo- colocaban con devoción y respeto flores a su Virgen del Pilar, un ciudadano español llamado Guillermo Toledo sufría incontinencia gastrointestinal. La cosa no sería en absoluto noticiosa, y no merecería más comentario que un “haga Ud. dieta blanda, son las dolencias víricas típicas de los cambios de estación”, si no fuera por los sitios elegidos por el Sr. Toledo, todo un personaje de sí mismo, para la evacuación: entre otros, además de España, el Rey, el ejercito, etc… la Virgen del Pilar. La noticia corrió como diarrea bajando pierna el día doce por la tarde, y generó gran reguero de indignación sobretodo entre los aragoneses, generando miles de comentarios en redes sociales y grupos de whatsapp.

En España confundimos mucho los prestigios. En el caso Willy Toledo la confusión de prestigios es aún más llamativa, ya que sobre las tablas no tenía -ni tiene- ninguno. La fama le viene a este personaje de sí mismo de que determinadas izquierdas cinematográficas y oficiales lo adoptaron como gamberro impertinente de cabecera para que hiciera las trastadas que la responsabilidad institucional, o sea, la subvención, la moqueta y el canapé, no les permitía a ellos. Siempre ha habido dos tipos de gamberros en el colegio, el listo, que hacía trastadas y nunca lo pillaban, y el tonto, visitador frecuente del despacho del director. Ahí, en el despacho del director, es donde forjó Don Guillermo su difícil carácter. Llamar “asesino” a Aznar, ya que a Aznar no se le podía decir que no hubiera hospitales, escuelas ni pleno empleo en España, fue su máxima azaña, la gracia más aplaudida por quienes ahora abominan de él. El caso es que el personaje se ha hecho ya insoportable incluso para aquella izquierda toda moqueta y vino español que empezó por reírle las gracias.

Estos odiadores oficiales con residencia en Cuba que vienen de vez en cuando, odian un rato, y se van, alteran nuestra convivencia. En estos días de indignación entre la gente no falta quien argumenta que el personaje no merece una línea ni un comentario más, por aquello de que no ofende quien quiere sino quien puede. Pero hay cosas que una democracia moderna y un Estado de Derecho no pueden dejar pasar. La democracia -y el sentido común- ampara el respeto por quienes no piensan como nosotros. Estamos en un estado de libre opinión, a diferencia de los que defiende Toledo. Nada hay más pernicioso que atacar personalmente a aquellos que no piensan como nosotros, defecto desgraciadamente muy español. La inteligencia y el respeto imponen contraponer argumentos sin atacar a las personas de las que discrepamos. Sin embargo, cuando alguien se dedica a la ofensa fácil más dañina, a escupir sin opinar ni argumentar, solo para engordar un personaje que yacería olvidado sin su agresividad intolerante, ofendiendo a todo y a todos, se abre un escenario que nada tienen que ver con el derecho a la libertad de opinión.

Toledo atenta contra la convivencia. Contra la libertad y contra las creencias más íntimas de millones de personas. Su ira es la de un reaccionario que no soporta ver una avenida con banderas de España ni una ciudad que aúna tradición, devoción y cariño a una Virgen, y por eso se lanza a ofender sin una sola idea o principio que le contenga; su único objetivo es herir. De la frustración de los necios surge siempre un exabrupto. Esta vez, el chico especial al que le reímos las gamberradas ha pasado de tirar petardos en el patio a levantar la falda de las de bachillerato, pegarle fuego al despacho del director, al comedor y a la capilla.

El alcalde, que con su gesto de bajar a recoger flores para la Virgen del Pilar demuestra hasta que punto el respeto por las creencias de los demás es germen de buena convivencia, y el resto de los grupos municipales, deberían leer despacio la solicitud del grupo municipal popular de declarar a Toledo persona non grata en la Ciudad de Zaragoza, en desagravio a todos los aragoneses y zaragozanos. Lo exigen la convivencia y el respeto. Lo agradecería la inmensa mayoría de la ciudad.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado

Víctor M. Serrano Entío
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