EL ABRAZO, POR DORIAN GRAY

EL ABRAZO, POR DORIAN GRAY

El presidente de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, nos dice que los trescientos cincuenta diputados que no van a ser capaces de sacar adelante un gobierno no deberían repetir en las listas electorales de las próximas elecciones, si es que las hay. Añade que ni los candidatos deberían ser los mismos, señalando que con qué cara se van a poner en los carteles y con qué discurso en los mítines. En lo de poner a otros candidatos le siguen muchos del PP y muchos del PSOE, ninguno de Ciudadanos ni de Podemos. Se ve que el presidente extremeño tiene al diputado de provincias en alta estima y le otorga cierto margen de poder de decisión e independencia que no tiene porque en los partidos se viene confundiendo disciplina con dictadura y currículum con pollo al curry. El diputado por provincias de hoy es el retrato de Dorian Gray de nuestra política, en su tormento jovial y en su contribuir a que caiga en pedazos el cuadro del parlamentarismo. El diputado y la diputada de hoy, generación de los 70, con ellos fui a EGB, son ángeles italianos con nostalgia por un granito que intuyen pero no conocen.

Guillermo Fernández Vara, de discurso claro y repleto de sentido común, tal vez quisiera podernos decir que más allá de la estafa democrática que supone que los líderes políticos nos aboquen a nuevas elecciones, la perfección del delito sería concurrir a estas elecciones sin que los partidos nos dejen claro a quién apoyarán sus diputados y para qué. Ya que hemos olvidado que la democracia es un sistema de mayoría o mayorías, sería conveniente que, a la vista de que los líderes nacionales de los partidos parecen haber decidido dar el combate por nulo, vayan a las nuevas elecciones proponiéndonos claramente sus alianzas. Lo contrario sería una gran estafa.

La convocatoria de nuevas elecciones (si es que las hay, hasta el rabo todo es toro) es la menos razonable de las opciones examinado desde el punto de vista de la confianza de los ciudadanos en la política. Tan legítimo era y es conformar pactos que conformen una mayoría de diputados que desbanquen al partido que gana (aún perdiéndolas) unas elecciones, como poco democrático que si esas alianzas no salen adelante no se permita gobernar al grupo con mayor número de diputados. Pedro Sánchez, de quien solo un ermitaño que habita en una cueva de Albacete afirma que no se ha puesto en contacto con él para intentar formar gobierno, se ha equivocado queriendo liderar en exclusiva un proceso para el que no tenía ni la aritmética ni la fórmula. Susana Díaz cree que tampoco tiene la inteligencia política suficiente. Rivera, a quien las encuestas siempre le sacan mejor cara que las urnas, ha seguido una política errática, que por momentos ha despistado a sus propias huestes. A Rivera no vamos a poder solucionarle a corto plazo el drama estratégico que supone ir de socialdemócrata los lunes, miércoles y viernes; de liberal los martes, jueves y sábado; y que el domingo te voten las derechas. Ha desgastado a Ciudadanos mucho más y en menos tiempo de lo que la prudencia aconsejaba. A Pablo Iglesias se le acusa de inmovilismo como si la radicalidad en las propuestas de Podemos no formaran parte de su naturaleza y como si a los argumentos nítidos sin margen de interpretación no se le supusieran cierta radicalidad. Acusar a Pablo Iglesias de no dar su brazo a torcer es como acusar al Papa de no casarse con su prima. Rajoy, poco dado a heroicidades, ha preferido quedarse quieto y no jugar la baza derivada del cumplimiento de su obligación, que hubiera sido formar un gobierno en minoría cueste lo que cueste y dure lo que dure. Sin embargo, quién se lo iba a decir, su conocido dontancredismo (tan distinto del conservadurismo) no le ha supuesto ningún desgaste, y la pertinaz negativa de Sánchez a querer siquiera hablar con él, le ha reforzado en sus posiciones. Eso y que intuye que Ciudadanos ya no despista tanto a algún antiguo votante del PP.

La nueva política nos trajo algunos mantras, como el eslogan de la transversalidad, esa pretensión política de que las buenas políticas pueden nutrirse de retales ideológicos en los que lo que prima es el bien de los ciudadanos. Lo transversal nos quería abrigar como una de esas colchas de patchwork hechas con nuevos y hermosos trozos de tela. Pero resulta que lo transversal era la intransigencia. Lo transversal era la descalificación en la tribuna del Congreso. La generación de políticos peor preparada de nuestra historia es también la más intransigente. Ya somos Italia, y si alguien lo duda que repase la intervención de un diputado de provincias, de apellido Rufián, en la investidura fallida de Pedro Sánchez. Mientras tanto, se agiganta la grieta entre la ciudadanía y los políticos. Los nuevos diputados, camino de ser viejos mucho antes de que tengan disponible una actualización en su IPad, que es el nuestro, apagan los abrazos felices de aquel cuadro de la Transición que utilizaron de artificial escenario. «El abrazo» envejece, como el retrato de Dorian Gray. La generación de los setenta hacemos aguas en la política y nos mostramos como una generación menos generosa y tolerante que la de nuestros padres. ¡Quién nos lo iba a decir!.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado.

Víctor M. Serrano Entío
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