CRÓNICA Y LEYENDA DEL INDEPENDENTISMO CATALÁN

CRÓNICA Y LEYENDA

​La Generalitat de Cataluña ha publicado en papel oficial, con su logo, su membrete y todo lo demás, «Crónica de una ofensiva premeditada», que no es el guión veraniego de una película de sábado tarde sino, más o menos, un listado. Algún preboste del nacionalismo catalán con magra nómina en la Generalitat (perdón por este pleonasmo administrativo y este subir arriba) pasó de lejos por una biblioteca y vio el lomo de “Crónica de una muerte anunciada”. Pensó que uno puede prohibir el castellano en la escuela de lunes a viernes y meterse a discípulo de García Márquez los sábados sin que se note diferencia de nivel. Craso error. De la confusión nace esa “ofensiva premeditada” que literariamente es una muerte anunciada venida a menos, un burdo plagio, un artificio artificial.

​El único acierto en titular la cosa como “Crónica” es que la crónica como género ha supuesto históricamente la más alta influencia y manipulación del poder político en el relato histórico. Este listado breve y machacón sobre los horrendos agravios del Estado contra Cataluña se compone de lo sabido: que si el déficit fiscal, que si «el menosprecio por la lengua catalana», que si la «pasividad» del Estado ante “algunas posturas catalanófobas». Esto último choca mucho porque pasividad reconocible en el Estado con respecto a Cataluña es que, ante el incumplimiento sistemático que practica la Generalitat con las sentencias dictadas por el Tribunal Constitucional, en materias como la educación, la sanidad o la lengua, el Estado no hace nada. De pitadas masivas organizadas con dinero público contra el himno de Cataluña, insultos de la ciudadanía a Mas y a la institución que representa, tampoco hay síntomas en esta crónica de un pueblo.

​Al nacionalismo obligatorio le gustan mucho las listas de agravios porque degenerando deriva de ellas una contabilidad última: la de los subversivos y perseguibles por el bien del humillado pueblo. Ese es el fin último del nacionalismo: llevar la desigualdad a los boletines oficiales de la nación neonata. Los independentistas catalanes, que han señalado a sus propias empresas indicando a cuales no hay que comprarles o beberles por no apoyar con entusiasmo la independencia, y que han multado a los barceloneses y a los chinos por no rotular el badulaque en catalán, dan mal en la gran foto de la injuria de España contra Cataluña. No tienen credibilidad como mancillados. Corren el riesgo, y están nerviosos, de que los catalanes le den la espada a su invento y ocurra lo que cuenta Arcadi Espada de Sidney Poitier cuando rodaba una película en África y le preguntaron «aquí debes notar tus raíces, ¿no?». «En absoluto, la suela de mis Gucci no me lo permite».

​Alguien debería hacer el listado del coste de las embajadas catalanas, alguna de ellas en países tan remotos que ni siquiera consta que la familia Pujol tenga ningún negocio. Tal vez el SALUD pudiera elaborar el listado de los enfermos aragoneses a los que no se les dispensan recetas en Cataluña. Hacienda, publicitar más la contabilidad de los 112.343.699,76 euros recibidos por Cataluña en junio del FLAG, y que tampoco tienen quien les escriba.

​El nacionalismo catalán está envejeciendo al mismo ritmo que su lista de agravios. Algunos abuelos se repiten mucho. Comienza a enfrentarse al riesgo cierto del peor de sus fracasos vitales, que sería el fracaso estético. Fracasado el proyecto estético hay que superar ese fracaso, crear otro yo a partir del yo paradisíaco de una juventud sublime o de la recreación del nunca. Pero el nacionalismo ya es eso, la recreación de una juventud que se dice haber sido mucho más sublime de lo que fue, de un nunca que nunca fue, y por lo tanto, ya no le cabe revitalizarse por ahí. El agotamiento en el relato es el síntoma penúltimo de un independentismo que se cansa de sí mismo (Convergencia o Unió, por ejemplo).


​Víctor M. Serrano Entío. Abogado.

Víctor M. Serrano Entío
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Abogado y Blogger desde enero de 2012.

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