Cabemos todos

La estética de la Monarquía Parlamentaria

En el beso al aire de una Reina madre hacia su hijo recién proclamado Rey queda condensada la estética de la monarquía parlamentaria del siglo XXI. Luego, en el primer discurso, oímos al Rey hablar de honor y responsabilidad, de esperanza e Historia, de unidad frente a uniformidad, pero ese beso al aire, que es el que lanzan las madres cuando ven a sus hijos lejos desde muy cerca, cuando se dan cuenta de que el hijo ya no les pertenece, institucionaliza que los rancios corsés ya no existen. Asistimos a una monarquía renovada para un tiempo nuevo, nos dijo después el Rey. En su discurso, nada encorsetado pese al rigor del entorno, se adivina ímpetu en pos de la renovación más urgente, que es la generacional. Desde su fe en la unidad de España, el nuevo Rey nos dice que aquí cabemos todos y que la democracia parlamentaria no se agota en esta Constitución. El Rey teatraliza su estreno actualizado y sincronizado con su tiempo, y sabe que nada tiene ganado si no es ejemplar en el desempeño de la Jefatura del Estado. Si consigue que los españoles lo perciban como un hombre de hoy sin los privilegios de ayer, que trabaja por España, no habrá nada más anacrónico que Urkullu y Mas negándole el aplauso, dos que no entienden su papel institucional y a los que la comparación con el nuevo Rey ya les convierte hoy en políticos viejos prematuros. Ha bastado la nueva imagen de un nuevo Rey para que determinada casta política sea hoy muchísimo más vieja que ayer. Felipe VI recuerda que ya nos dejó dicho Cervantes por boca de Don Quijote que no es un hombre más que otro si no hace más que otro, que es la versión literaria y castellana de la aragonesa fórmula de los Fueros de Sobrarbe: “¡Señor! Nos que somos tanto como vos, pero juntos más que vos…”. El Rey liderará a una nueva generación cuyo principal reto es el de que quepamos todos. Sabe que sólo juntos podemos seguir siendo una gran nación.

En las crónicas y en las peluquerías se señala que este Rey es el primer Rey constitucional, lo que significa que es una de esas pocas veces que la Historia de España no nace de una boda o de un funeral, de la asonada de un cuartel o de la revolución de una mina, y a eso venimos a llamarlo normalidad. Pero no es normal que sea el Rey el que trate de poner al país en hora con su tiempo, el que evidencie la urgencia de un cambio de rumbo hacia un país más amable con sus ciudadanos y el que ponga en pie en la alfombra del Congreso y para exposición pública las estatuas de los riesgos de la nación. El Rey no olvida la tradición histórica (“la humanidad no se entiende sin la Historia de España”) pero la entiende no como mero relato y exposición de acontecimientos, como Herodoto, sino como anclaje para un motor de cambio y futuro.

En este extraño país nuestro, la revolución pendiente es fundamentalmente generacional y en lugar de nacer en las calles, en los bares y en la cola del paro la ha parido el Rey saliente. Ahora se impondrá la ley de la gravedad y la renovación caerá de arriba a abajo o el país saldrá en globo. Andy Warhol hizo de la manipulación fotográfica toda una categoría estética, y décadas después Obama y otros se hicieron un “selfie” en el funeral de Mandela para dejar constancia de que el emperador no tiene modales y de que la Historia de hoy no se escribe, se fotografía, y por lo tanto no nace de los Tratados sino de los gestos. Ya sabemos que el Rey reina pero no gobierna, como nos recordó ayer Rudi probablemente por aquello de que ella reina y gobierna y no quiere competidores, pero la forma de gobernar que hoy se impone en el poder político es la del no gobierno, así que no dudo de que con prudencia, lealtad, esfuerzo y discreción el Rey puede realizar una labor esencial en los próximos e inmediatos años de vida de España. La tarea es difícil, la moderación de los radicales todo un reto, y por si alguien tenía duda de que se han echado al monte Artur Mas, que es el que la paga en la gallinita ciega, no sólo no aplaudió sino que no se enteró de nada, porque tiene el fatalismo del que niega el pasado y niega el futuro. Si alguien puede cumplir hoy la función moderadora de una monarquía constitucional ese es el Rey Felipe VI. Antes, y en corto espacio de tiempo, debe ganarse la confianza del día a día. Necesita felipistas. Lo tiene más difícil que su padre y la clave del éxito de la gran nación española está en que la clase política y dirigente no le deje solo ante la reforma y la reconstrucción. El gran éxito del discurso del Rey es que sabemos que no se olvida de nadie y que sabe cuales son los retos.

Víctor M. Serrano Entío
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Abogado y Blogger desde enero de 2012.

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