BORGEN

BORGEN

Mucho cine de hoy se ha convertido en una espectacular proyección de simulaciones tecnológicas. Un desfile de medios creativos más cercanos a la ciencia aeroespacial que al talento al servicio del entretenimiento. El resultado, con honrosas excepciones, nos deja películas de no menos de tres horas con guiones tan mediocres como previsibles. Huyendo de la falta de talento de los guionistas del cine, a los que sospecho envidiando el sueldo, el coche y la casa de los ingenieros informáticos con los que trabajan, los espectadores buscamos refugio en algunas series de televisión, donde los guionistas de talento parecen concentrarse. El tirón de las series es tal que sirve incluso para establecer el ser y el deber ser de nuestra nación. En estos días de artes escénicas políticas, donde se raja el telón y aparece un ego en llamas, se oye hablar mucho de Borgen, serie que nos cuenta la política danesa no sin ciertas dosis de ficción, como corresponde, y cuya protagonista es una Primera Ministra danesa propensa a la moderación, a los pactos, a los trajes de chaqueta de lunes a viernes y a los vaqueros con blusa blanca los fines de semana.

España y Dinamarca se parecen tanto como la culeca de Semana Santa con un par de huevos duros y una galleta de mantequilla salada, pero cualquier ficción extranjera nos parece mejor que la realidad nacional. Tiene gracia, y demuestra hasta qué punto hemos eliminado de la educación el relato de nuestra propia Historia, que nos marquemos como meta ser moderados daneses en el país que hizo del pacto nada menos que un arma con la que dejar atrás una guerra y una dictadura. España no es Dinamarca y no tenemos líderes como Birgitte Nyborg pero la diferencia fundamental entre la España real y esa Dinamarca de ficción no está en la voluntad de entenderse sino en que no hay en Borgen el más mínimo atisbo de que los daneses quieran destruirse.

Lo que mejor define a un necio es su capacidad destructiva, una tendencia que inexorablemente le lleva a la autodestrucción. La Humanidad avanza gracias a ese mecanismo natural por el que los idiotas acaban por incinerarse. Pero cuando la necedad se instala, los daños son elevados hasta que le llega el suicidio. Nuestro pesimismo, que trasciende de lo político y se ha instalado en amplios segmentos de la sociedad, nace de no conocernos, de obviar nuestra historia en común, de negar incluso lo que somos y considerarnos siempre un país peor. Vivimos de espaldas a la realidad y hacemos el relato de la miseria para de ahí extraer toda una ideología que se nutre del pobrismo económico y social. Da igual que tengamos la mejor sanidad pública y gratuita del mundo, que estemos a la vanguardia en seguridad (tan asentada que no valoramos su importancia en nuestra calidad de vida) o que muchas de nuestras empresas e infraestructuras sean ejemplos y realidades exportables a todo el mundo. No somos inconformistas, somos letales con nosotros mismos.

Muñoz Molina escribió un verano su «Borrador para un informe sobre la Brigada de la Realidad», en el que una especie de cuerpos especiales de ciencia ficción secuestraban de inmediato al necio que decía sandeces y lo zambullían en la verdad. Si por ejemplo alguien decía que en nuestra democracia no había libertad, la Brigada lo trasladaba a marzo del 73 y lo ponía a recibir porrazos de los grises, por aquello de ir comparando. Haciendo el camino inverso, abandonando la ciencia ficción que quiere imponer la verdad desnuda para volver a la cruda realidad histórica como ciencia ficción, nuestra Brigada de la Realidad más eficaz sería recuperar la educación, nuestro verdadero déficit público, lo que nos debilita.

Coincido con Pablo Iglesias en que el verdadero patriotismo es poder sentirte orgulloso de tu sanidad, de tus servicios sociales, de tus redes de solidaridad, de tu educación y de tu justicia. No solo pero también. Por eso no comparto la necedad de quienes no respetan la realidad y se empeñan, como Ignatius Reilly, ese Don Quijote adiposo con gorro de cazador que nos descubrió Kennedy Toole en «La Conjura de los necios», en escribir una extensa y demoledora denuncia contra nuestro siglo sin otra alternativa que la autodestrucción. De nada nos sirve no ser tan nefastos como creemos. Si no devolvemos a la educación nuestra conciencia histórica, jurídica, económica y social para que nuestros hijos sepan que fuimos y que somos, siempre podremos al menos soñar con una Brigada de la Realidad que mande a los cenizos de viaje con Alfonso XIII a Las Hurdes, esa tierra sin pan que nos filmó Luis Buñuel sin los guionistas de la emergencia social.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado.

Víctor M. Serrano Entío
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