BALCONING

BALCONING

Nos gobiernan los balcones. La Historia de España es una historia municipal y un recuento de balcones. Una historia siempre asomada y pendiente de un acontecimiento que no llega o de una explicación que no se da, y por eso no hay balcón en el que desentone Pepe Isbert, como alcalde nuestro que es. El balcón ha ido perdiendo su función arquitectónica y estética primeras y ha devenido en escaparate. Ha pasado de desahogo de un arquitecto a desahogo de un político. La simbología y la semiótica van bien para no tener que explicarse mucho ni perderse en argumentos racionales, siempre complejos para algunos.

La última hora de los últimos meses nos ha traído el cambio político y el cambio arquitectónico. Un cambio de arquitectura mental porque la despensa ya no es lo único importante. Importan los balcones, menos funcionales pero más emotivos. La toma misma del balcón como hecho intrahistórico y unamuniano. Una parte del pueblo abalconado y en fase de conquista que expresa un “hasta aquí hemos podido subir” poniendo un trozo de tela, con más o menos simbolismo porque el símbolo está más en su colocación en sí que en el textil. Las utopías de este siglo son un balcón sobresaliente y sobresalido en el edificio endeble de las ideologías. Lo llaman populismo pero son solo ganas de asomarse al balcón con carita y bandera de azuzena.

La guerra de los balcones es el desarrollo de la vieja guerra de las banderas. En esas guerras los nacionalistas nos llevan años de ventaja. El balcón, en su diáfana y ventilada superioridad, es espacio apto para proclamaciones patrióticas solemnes y autoafirmaciones freudianas. A los bajitos les gusta subirse a las cosas altas para colgar telas y complejos. En Pamplona, los anexionistas de al lado, que iniciaron el ascenso desde los infiernos del zulo y la muga, se suben por los balcones. No han entendido que a la hora de colgar banderas la trascendencia no la da el balcón sino el mástil. Lo malo de la ikurriña del día seis de julio en Pamplona es que estaba en un mástil y no entre la alegre muchachada morada de sudor y kalimocho. Al ponerla en el portabanderas oficial del balcón consistorial, el gesto simple se convierte en un fraude de ley y en una okupación con k.

El alcalde de Pamplona (EH BILDU) sueña con una Navarra entregada al País Vasco como cuarta provincia menor. Extrañas ansias para un independentista, no soñar con la liberación del pueblo oprimido sino con el cambio de centinela opresor. Poner la bandera de otra comunidad en el balcón es un acto de amor vecinal suicida porque a uno no lo hacen alcalde para llevarse bien con los vecinos sino para competir con ellos, sincronizar los semáforos y aumentar la frecuencia del bus sin subir el IBI. Por encima de argumentos legales e históricos que ponen a Navarra en el centro de los derechos forales y en el desarrollo de la historia de España, está el argumento ético y sentimental de la no imposición del amor por la fuerza. El alcalde-vacuna de Pamplona (también en su día tuvieron alcalde-vacuna en San Sebastián, ahí convergen) alcanzará como máxima misión la de inocular independentismo vasco en cepas suficientes como para generar anticuerpos en la sociedad navarra. Más allá del empeño de un alcalde por ponerse a hacer balconing a las primeras de cambio, con lo que duelen la caídas en piscina vacía, Navarra seguirá siendo la expresión de su libertad y no de la “libertad” que quieren imponerle otros. Heminway escribió que cada mañana en el encierro de Pamplona “hay una lista de accidentados por lo menos igual que en unas elecciones en Dublín.». Ningún alcalde de Dublín pondría la bandera de Cork en el balcón. España es la casa Fallingwater de Frank Lloyd Wright, o sea, toda ella es un balcón.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado.

Víctor M. Serrano Entío
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