AZNAR
            Aznar es una tumba gitana de Torrero. El silencio del sepulcro con faralaes. Un amago en boca de gol que no se sabe si acabará en finta o en balonazo por la escuadra en propia puerta. Sabíamos que los pre-presidentes tenían el síndrome de los besos y la pana, los presidentes el síndrome de La Moncloa y Aznar nos descubre que los post-presidentes tienen el síndrome hemoal y se niegan a sufrir en silencio sus hemorroides. Políticamente Aznar nació en Castilla-León, creció en la presidencia del gobierno más fructífera de la España democrática y no sabemos si quiere reproducirse en una entrevista en antena 3 o tan solo pretende no morir en el club siglo XXI. Aznar es España misma, una mezcla de autoridad y complejo, de arrancar para frenarse y volver a arrancar. Quiere, muy de ciento a viento, tutelar a Rajoy lanzándole a la barba el catecismo popular y los principios ideológicos liberales que ha aprendido en las universidades de Estados Unidos. Liberalismo que cuando gobernó no aplicó porque fue conservador. Fraga le anunció una tarde en Sevilla que había llegado su hora sin tutelas ni “tutías” pero nadie escuchó a José María decir algo semejante cuando designó a Rajoy.
            Aznar tiene la auctoritas de la derecha española y Rajoy tiene la potestas. Cuando el ex presidente habla, una gran parte del centro derecha español le sigue y le escucha, no solo porque su legado fue la prosperidad económica sino porque a diferencia del actual presidente, Aznar hizo y hace política, tiene libros, sus discursos tienen cierta profundidad ideológica y ostenta en un amplio sector del electorado del PP esa superioridad moral y política que reclama para sí. Rajoy es un tecnócrata, o sea un aburrido, y Aznar es un político, o sea, un revolvedor. Aznar es una camisa blanca con gemelos caros y muchas pulseras de mercadillo de Oropesa por lo que su muñeca es en sí misma parte de su carácter zigzagueante, entre conservador y liberal, de rictus serio que rompe en risotada inesperada. Aznar puso los pies en la mesa del presidente de los Estados Unidos, y ese gesto, que la izquierda española no le quiere perdonar de cara a la galería antiamericana de la que se nutre y por mera inercia, fue –muy paradójicamente- un gesto con el que España alcanzó prestigio internacional. La pena es que la mesa era de Bush y que Aznar es de derechas, porque si Zapatero planta los pies en la mesa de Obama habría numerosos monumentos en las plazas de los pueblos, con cargo al Plan E, recordando tan flamante momento de autoafirmación patria. La izquierda española sí le perdona a Obama las guerras, los guantánamos y los sucios espionajes a la prensa, a la oposición y a medio mundo, como le perdonó a Zapatero que pusiera sus torpes pies en todas las mesas que no interesaban a España.
           
            Aznar tiene desconcertado al Gobierno porque los tecnócratas siempre han creído que la política es un estorbo y que lo único que mueve  a un país es el plan general contable, pero si a lo largo de la historia de la humanidad no hubiese habido política seguiríamos en las cuevas de Altamira pintando bichos y contando las piezas cobradas con muescas en la pared. Este gobierno de registradores de la propiedad, abogados del estado y miembros del Cuerpo Superior de Técnicos Comerciales y Economistas del Estado no hace política sino recuento, y el caso es que la cosa parece que empieza a ir regular, lo cual es ir bastante bien si tenemos en cuenta de donde veníamos. La macroeconomía mejora y el enfermo sigue malito pero responde a la medicación, así que lo que los empresarios se preguntan ahora es cuándo llegará la macro a la microeconomía para que la gente consuma y España vuelva a ser un zafarrancho de autonomías unidas por el corte inglés. El éxito de Rajoy, que sería el de todos, es lo único que puede hacer callar a Aznar a corto y medio plazo, lo que por trayectoria vital sería callarlo para siempre. Si Aznar tiene la auctoritas de ocho años de buen gobierno con una boda y una guerra como grandes errores, Rajoy tiene la potestas y el mayor reto que ha tenido un presidente. Está claro que el presidente ha optado por ponerse de perfil, no publicitarse en antenas, no hacer política y gestionar la nada que le dejaron desde el silencio. Rajoy piensa que si la cosa le sale mal mejor que no lo tengamos localizado y si le sale bien su foto saldrá hasta en los libros de texto de nuestros biznietos. Si la caída libre de la economía consolida su frenazo, acierta con una bajada de impuestos (tan necesaria que ya incluso Montoro la contemplaba el miércoles) y reactiva el consumo creando algo de empleo, nadie se acordará de Aznar. Si fracasa Rajoy que nadie descarte al hombre de las pulseras que puso los pies en la mesa. Le sobra capacidad política. El actual PP, que puede ser o no el de mañana, le pide a Aznar lealtad, pero la lealtad que exigen los aparatos de los partidos a sus militantes más ilustres se asemeja más a la lealtad de los perros que a la de las personas. Aznar, con sus grandes defectos y sus grandes virtudes, no parece que de momento vaya a ser desleal con el partido, más allá de la famosa entrevista incendiaria apagada este martes en el Club siglo XXI, con Soraya de testigo; pero si falla Rajoy, veremos legiones de leales a Aznar jurar en Génova 13 que siempre fue el verdadero líder. Y con independencia de que él fuera o no candidato, volvería su tutela sobre el partido. La mejor prueba de la autoridad de Aznar es que se ha puesto en el candelero cuando ha querido, como ha querido y en tres cuarto de hora. Aznar es un rosal con espinas plantado en el alcorque del árbol de la gobernación.
            Víctor M. Serrano Entío. Abogado.
Víctor M. Serrano Entío
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