EL DESEMPATE

La peor conclusión que podríamos sacar del paso de los tres subalternos del nacionalismo catalán pidiendo un referéndum en el Parlamento es que la cosa quedara en empate. Cierto es que las posiciones del Gobierno y de la oposición eran conocidas y chocaron contra el órdago definitivo que el nacionalismo catalán le ha lanzado al Estado de Derecho. Pero que el resultado fuera el desencuentro esperado no supone que quienes pretenden marcar goles con la mano, violando el reglamento y desobedeciendo al árbitro estén en plano de igualdad legal y dialéctica.  Algunos analistas y gurús de la equidistancia -más preocupados en quedar bien con todo el mundo que en que todo el mundo quede bien- hablan de “empate histórico” entre dos posiciones antagónicas, una expresión mentirosa en cuanto al empate y aberrante en lo histórico. Ni empate ni histórico. Derrota sin paliativos del independentismo en la sede de la soberanía nacional. Lo que va de noventa a diez y de Rovira a Díez.

Estuvimos pensando durante décadas que el nacionalismo catalán era otra cosa; una ensoñación ilustrada y burguesa, más exclusiva que excluyente y con un toque “snob” muy atractivo para la Cataluña que se iba a la finca los viernes por la noche. Un nacionalismo para exhibir en las cenas con amigos a la hora de los postres y del “vi de gel” mientras el abuelo sacaba la colección de relojes de bolsillo. Nacionalismo de casino mercantil y algo pijo que conquistó también a un socialismo de niños ricos y universidad norteamericana en los ochenta. Al fin y al cabo, de la fusión de las élites con el pueblo nace la revolución.

Oyendo el martes a los tres tenores de la estelada en el Congreso, con la diputada Rovira al frente, uno se da cuenta de que esto del nacionalismo catalán tiene la misma estética agropecuaria que el resto de nacionalismos. Mucha vanguardia y mucha presunta superioridad económica pero resulta que los argumentos que se escucharon en Madrid son los mismos que ya le hemos escuchado al nacionalismo vasco, al escocés e incluso al texano, que tiene hoy a Chuck Norris haciendo de Artur Mas. El discurso del origen y el glorioso pasado como nación libre ya se lo habíamos oído a otros. El del pésimo presente por estar abrazados a España también. El del futuro tenebroso si no se conquista la independencia es un ejercicio voluntarista de adivinación. Ni siquiera es creíble que la vuelta a un origen imaginario vaya a ser el remedio para desembarazarse de su presente gris. Un presente gris del que los nacionalistas catalanes no rendirán cuentas a su pueblo mientras agiten el odio a España como causante de sus males, que son muchos.

Josep Pla nos dejó dicho que había que desconfiar del pensamiento payés y de su incapacidad para evadirse de lo que piensa y hace. La Sra. Rovira de ERC, pese a sus graves problemas de expresión en castellano, nos contó como pudo que cuando va a la puerta del colegio de sus hijos de lo que hablan las madres es de la independencia de Cataluña. No se evade ni aún a las puertas del conocimiento. El diputado Herrera intentó convencernos de que el independentismo excluyente de los ricos es en el fondo una cosa muy social y comunista, y para demostrarlo no se puso corbata. Y para seguir causando prueba de lo exigente a nivel personal que es ser nacionalista catalán, algo que se nos antoja pesadísimo, el Sr. Turull empezó con un «Soy Jordi Turull y llevo 500 años sin tener un Estado propio» que haría las delicias de cualquier reunión de hermandad estadounidense dedicada a las desintoxicaciones.

El tópico de la ilustración y moderación del nacionalismo catalán frente a otros nacionalismos más zafios, como por ejemplo el vasco, ya no se sostiene. Las personas normales cuando llevan a sus hijos al colegio procuran que lleven la nariz limpia y los deberes hechos. Al margen de su ideología o sus creencias, las personas normales ponen compartimentos estanco en su vida, y separan su vida cotidiana, su trabajo, sus aficiones, su vida familiar, sus relaciones o sus viajes sin añadir ningún mejunje a medio camino entre lo ideológico y lo visceral que embadurne toda su vida. El independentismo de pensamiento único y obsesiones unidireccionales es siempre igual a sí mismo. Está en un bucle. Son unos obsesos ininterrumpidamente. Pero de empate nada. La ley, el Estado de Derecho y el orden constitucional no empatan con la Sra. Rovira y sus amigas a la puerta de un colegio.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado.  

Víctor M. Serrano Entío
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