El último acierto del Rey

La abdicación del Rey inicia un nuevo periodo histórico. Aunque algunos quieran ver el principio del fin de la monarquía, la renuncia real no es sino un paso, el primero, para la consolidación definitiva de una monarquía moderna y duradera más allá del juancarlismo. Ya no porque Felipe VI sea el salto generacional que matice el amarillo del papel del BOE con un más moderno azul twitter, sino porque por fin tenemos dos rasgos distintivos de toda monarquía consolidada: Reina madre –permítaseme la broma- y un futuro Rey preparado, formado y solamente influido por un fructífero periodo de democracia, estabilidad y convivencia.

El Rey Juan Carlos ha actuado casi siempre con habilidad, ha sabido gestionar los tiempos y mantener la institución. Detrás de alguna metedura de pata, insignificante en términos de daño a España pero elefantísitica en cuanto a repercusión mediática, siempre había una disculpa sincera. Las revoluciones siempre surgen del suicidio de alguien, inducido o no. Sospecho que lo que quiere el Rey es la revolución de un tiempo nuevo en el que la Corona de ejemplo. Algo así como que Felipe VI sea un nuevo Rey en busca de un nuevo adolfosuarez bajo el que se abran las instituciones a la sociedad surgida de la revolución tecnológica. El noveno Borbón que abdica ha elegido un momento delicado pero oportuno, arriesgado pero estratégico, con la Corona vacilante y camino de su hora de la verdad. Cuando un anacronismo histórico e institucional se convierte en un anacronismo en bruto y sin adjetivos, saltan las alarmas. Nuestro Rey abdicante, en el que perviven valores desterrados en otros ámbitos del poder, como el sacrificio por España aprendido desde su triste niñez romana, tiene claro que su generación, que bien o mal han hecho esta España en la que vivimos (yo me inclino por el regular tirando a bien) ha acabado su ciclo de influencia. Hay que cambiar. Si ayer pedíamos la regeneración de los partidos políticos vía asalto de la generación de la EGB a los Palacios de Invierno, hoy la Revolución en la Jefatura del Estado que quieren la mayoría de los españoles es mantener la monarquía con Felipe VI al frente. No hay Pablo Iglesias ni red social que puedan con eso, le guste o no a los jóvenes republicanos de ahora, que no saben quienes eran Galán y García Hernández y ven vanguardia ideológica en cuatro tópicos leninistas fracasados hace ochenta años. Hay bastante más anacronismo histórico en la Puerta del Sol de Pablo Iglesias que en la monarquía parlamentaria.

La España de hoy empezaba a ser el cuadro goyesco de la gallina ciega y gracias a su abdicación, el Rey ha puesto a Felipe VI frente al espejo de la sociedad española en el momento oportuno, sabedor de que el Príncipe puede ser un buen Rey con la ayuda de todos. Hay una nueva generación que pide paso, que quiere tomar las riendas de su futuro, que está preparada y que no se esconde ante los nuevos retos, que sabe interpretar las claves del presente y es sensible con los problemas del país. Históricamente, a España la han gobernado siempre los mutilados supervivientes de alguna guerra, así que no hay costumbre arraigada de relevos generacionales profundos y pacíficos, que es lo que ahora nos toca. Felipe VI tiene capacidad para liderar a esa generación que con él también busca coronarse. En el sendero de los tonos ocres y azules de los Borbones, tal vez más pictóricos que históricos, el Rey siempre ha tenido claro que para que la gente respete a la Monarquía hay que hacer respetar a la persona. Felipe VI, que necesitará felipistas como su padre necesitó juancarlistas, tolera y dialoga con republicanos porque ha aprendido de su padre que no hay fe más útil que la del converso, llámese San Pablo o Felipe González. Es en la ambigüedad calculada de las monarquías parlamentarias donde está su superviviencia. El Rey reina pero no gobierna, pero este Rey que nos ha dicho adiós, cuando llegó Tejero para cambiar brutalmente la agenda de España, eligió patriotismo, dignidad y democracia, algo de lo que teníamos pocos precedentes. La renuncia de Don Juan Carlos en el ocaso de su valoración ciudadana es la renuncia a su propio marketing, consciente de que su mejor imagen hoy es la que pueda haber reflejado en su hijo. Ahora sí que podemos decir La Transición ha muerto ¡Viva la transición!; otra transición nueva, menos dramática pero igual de peligrosa, menos evidente pero igual de necesaria, una transición que ya no exige quitarse el pijama para ponerse la guerrera una noche de febrero pero que llega repleta de desafíos periféricos y daños endogámicos en el sistema. Nunca hay dos situaciones históricas iguales pero justo cuando España parecía en el final del siglo XIX ha abdicado el Rey para decirnos que contemos con Felipe VI para construir un largo trecho del XXI. En esta España de paradojas, la apertura a un cambio generacional la inicia el Rey.

Víctor M. Serrano Entío. Abogado.

Víctor M. Serrano Entío
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