Cosas de casa

Un padre es siempre un padre, incluso cuando es padre político, o sea suegro, y aunque la política siempre matice el cariño. El amor y la amistad, los únicos sentimientos profundos del ser humano junto al odio, se llevan mal con la táctica y peor con la estrategia. Esta noche en vela -en la que Cayetana y Manuel me han estado pidiendo agua para cumplimentar el ceremonial de una infancia que necesita rehidratarse a las cuatro de la mañana como si acabara de salir de cenar anchoas de Santoña con Miguel Ángel Revilla- he comprendido que las cosas que pueden parecer más complejas, desde la Jefatura del Estado hasta el sistema de partidos no son sino la proyección de nuestras necesidades más íntimas. Desde la nación hasta la ferretería todo tiene una razón de ser familiar. De los tembleques del viejo Rembrandt nace el impresionismo. De un padre maldormido (Julio César) y de un hijo con sed (Bruto) surgió una guerra civil.

Los republicanos tercera edición critican que la toma de decisiones de un Rey pueda hacerse en función de circunstancias personales pero uno luego ve las fotos de los chicos que agitan la tricolor con su novedosa estrella roja de cinco puntas (en Camboya menos novedosa) y el republicanismo que vivimos en España es hoy más sentimental que intelectual, más mágico que racional, más pictórico que histórico. También más joven y adolescente que el de principios del XX. Hay un nuevo republicanismo joven de cabeza para abajo pero que envejece en cuanto subes la vista y le ves la coronilla a los lemas y a las banderas. Entonces te das cuenta de que son los nietos de alguien. El anhelo de la III República es el retrato de Dorian Grey, con una alegre y agradable  muchachada repleta de colágeno exhibiendo banderas que envejecen por ellos.

El problema de ser republicano en España sin ser de izquierdas es que no te dejan ni aunque lo intentes con ganas, como bien sabe Jorge Azcón. Los republicanos teóricos, los que deberían sentar cátedra sobre la República, no existen. Los prácticos, los que salen con la tricolor, la hoz y el martillo y la estelada catalana, son una vacuna histórica para tres cuartas partes, al menos, del país. O mejor dicho, el recordatorio de la vacuna. La I República, el intento más serio por traer una República a España, duró dos años y tuvo cinco Presidentes. De la Segunda mejor no hablamos, porque de Azaña pasamos al ¡Viva Rusia! y la cosa acabó como acabó. Hay mucho de rebeldía familiar en las concentraciones republicanas de esa parte de la izquierda. Ya se vio en Zapatero, que después de su freudiano matar al padre socialdemócrata para resucitar al abuelo comunista y republicano ha acabado de cortesano de Juan Carlos y confesor. Donde la cosa llegó al paroxismo fue en Barcelona el lunes, y junto a dos docenas de banderas republicanas (de la República Española) había centenares de esteladas independentistas (de la Independencia de Cataluña), así que uno ya no sabía si lo que querían era que primero viniera la República Española para su destrucción posterior vía secesión catalana, o que llegase todo a la vez para darse un abrazo fraternal y emotivo solo interrumpido cuando el funcionario de aduanas terminase de poner la barrera rojiblanca en la frontera. De locos.

Felipe VI debería bajar a Sol con sus recién estrenados validos y nuevos cortesanos a regalarle a los chicos de la tricolor 3.0 los cuadernos de Azaña que van del 30 al 33. Azaña, además de hacer de sus invocaciones políticas el retrato psicológico de España, dibuja como nadie por qué la República intelectual y burguesa se le fue llenando de un atajo de torpes que confunden forma de estado con ejercicio descarnado de la política. Azaña tuvo una pasión por la República más mental que afectiva y encarnaba la racionalidad republicana, que se ha perdido o anda muy escondida y sin ganas de hacer un ejercicio intelectual trabajoso y serio. Sorprende que estos jóvenes idealistas -sin duda bien intencionados- que van a Sol o a la Plaza del Pilar a pedir otra República, odien a los partidos políticos y quieran meter de lleno a la clase política con su lucha de partidos nada menos que en la Jefatura del Estado. Quieren elegir plebiscitariamente al Jefe del Estado, lo cual es noble y democrático, pero olvidan que la República no garantiza eso: de los dos presidentes que tuvo la II República ni Alcalá Zamora ni Azaña fueron elegidos por el voto popular directo, sino por los diputados en Cortes, aunque para elegir a Azaña hubo que reunir a los diputados en el Palacio de Cristal del Retiro porque eran novecientos once. La izquierda está con sus cosas de casa y eso también pudo intuirse en la Puerta del Sol aunque la inmensa mayoría de la izquierda moderada, o sea, socialdemócrata no está, al menos de momento, por coger la tricolor. Los socialdemócratas y los conservadores siempre han sido perezosos para con la experimentación de las cosas del comer.

Víctor Manuel Serrano Entío. Abogado.

Víctor M. Serrano Entío
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