UN GOBIERNO QUE GOBIERNE
El líder del PP, Mariano Rajoy, tomará posesión como presidente del Gobierno el próximo 21 de diciembre y su equipo lo hará un día después. El día 22 lo harán sus nuevos ministros. Su toma de posesión como Presidente y su primer año de Gobierno será la etapa más difícil que un dirigente político haya tenido que afrontar en España en los últimos treinta años.
A la crisis económica, la crediticia, la de la deuda y el paro, hay que sumar el desprestigio que hoy por hoy tienen pilares fundamentales del Estado de Derecho como la Administración de Justicia y el descrédito en el que se encuentran la sanidad y la educación. Todo ello en una nación en la que un tercio de sus ciudadanos abominan de llamarla nación, y no saben si estamos ante un Estado, un país o un conjunto de autonomías unidas por El Corte Inglés, y en la que impera un modelo político y de Administración Pública que por su triplicidad, volumen, ineficacia y adoctrinamiento es, además de mastodóntico, torpe y costosísimo.
Llama la atención de que en el periodo transcurrido entre las elecciones generales y su toma de posesión ya hay quien reprocha al nuevo aún-no-presidente que tome medidas que no puede tomar; es más, sesudos analistas y cronistas políticos han puesto fecha de caducidad al nuevo Gobierno de Mariano Rajoy, seis meses, con insinuaciones tan insidiosas como desestabilizadoras y malintencionadas. Bomberos metidos a pirómanos o viceversa.
Lo cierto es que no es Mariano Rajoy hombre que goce de carisma entendido este al clásico modo platónico. La preocupación por la política como elemento fundamental para la dirección y organización de las sociedades suscita el interés de los pensadores sociales por indagar en la mente de aquellos individuos que se muestran más dotados para lidiar y guiar el pueblo y cuya habilidad como dirigentes políticos es puesta de manifiesto en su bautizo político.
Pero en el estado de cosas actual, aludir a la falta de carisma de un dirigente político es como acusar al bosque de tener hojas, siendo la falta de liderazgo carismático un fenómeno extendido por toda Europa y EE.UU. Incluso Obama, el primer líder carismático de la sociedad tecnológica globalizada, anda el hombre como anda. Conseguir el dominio político es una preocupación que proviene de los clásicos (Platón, Aristóteles, Maquiavelo). Astucia, sagacidad, virtud política y disciplina son algunos de los atributos que deben poseer los grandes hombres, los príncipes maquiavélicos. Teóricos anteriores a Weber, como Carlyle, intentaron abordar el fenómeno pero no lo consiguen plasmar plenamente. El carisma no es tan solo las características personales que poseen algunos individuos, sino ese don que los hace excepcionales. Al final, si Mariano Rajoy consigue en el periodo que abarca la nueva legislatura que desaparezcan o se diluyan al menos la mayoría de los fantasmas antes mencionados, alcanzará ese don no porque se le atribuya carisma personal, algo que dudo vaya a ocurrir, sino porque los ciudadanos sabrán reconocer la situación de excepcionalidad en la que toma el poder y la dificultad que los tiempos plantean.
Por eso, hará mal el nuevo Gobierno, en caer en la política de la encuesta, la imagen, la apariencia  y el sondeo. Ya sabemos a dónde nos ha llevado eso. Gobernar es decidir, y cuando se está revestido de la legitimidad democrática de las urnas, gobernar también puede ser imponer. Por eso no debe entenderse como amenaza que ante la reforma laboral, por ejemplo, una dirigente popular lance el mensaje de que si no hay consenso entre sindicatos y patronal “el Gobierno gobernará” porque precisamente por la gestión política de los tiempos, el resultado electoral, y el nivel de exigencia de los ciudadanos, lo que la mayoría de los electores de este país han dicho es que quieren un Gobierno que gobierne, y lo haga ya, con seriedad, rigor y respeto. Decidiendo, o sea, gobernando.
Víctor M. Serrano Entío.
Víctor M. Serrano Entío
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Abogado y Blogger desde enero de 2012.